Por Rodolfo Varela
Lo ocurrido en Gendarmería de Chile no es un hecho aislado.
No es un caso puntual.
No es una simple “controversia administrativa”.
Es el reflejo de una cultura que todavía no logra erradicar el machismo, el abuso de poder y la violencia institucional contra la mujer.
El conflicto que hoy enfrenta a la coronel Denise Melgarejo, directora regional de Gendarmería en La Araucanía, con el director nacional Rubén Pérez Riquelme, expone algo más profundo que una disputa jerárquica: revela cómo el poder puede transformarse en herramienta de intimidación cuando una mujer se niega a aceptar insinuaciones impropias.
El mensaje enviado el 14 de febrero de 2020 —
"Ud es una mujer encantadora y cada vez que la veo lamento no haber hecho las cosas mejor para haberla hecho mi mujer" —
no es una frase romántica. No es un cumplido inocente.
Es una declaración impropia en un contexto de subordinación jerárquica.
Cuando existe una relación de poder, cualquier insinuación adquiere un peso distinto. Y cuando la negativa de una mujer va seguida de sanciones administrativas, anotaciones de demérito y una suspensión que afecta su carrera, la situación deja de ser personal para transformarse en institucional.
Si los hechos denunciados se comprueban, estamos ante un caso grave de acoso laboral y persecución.
El machismo institucional: más común de lo que se reconoce
Este tipo de situaciones no ocurre solo en Chile.
Ocurre en oficinas públicas.
En empresas privadas.
En fábricas.
En bodegas.
En medios de comunicación.
Durante décadas, muchas mujeres han sido evaluadas no por su competencia profesional, sino por su apariencia, por su disposición a tolerar comentarios, por su capacidad de “adaptarse” a ambientes hostiles.
Y lo más grave: cuando no aceptan ese juego, pagan un precio.
Se las califica de conflictivas.
De difíciles.
De poco colaboradoras.
De incapaces de ejercer liderazgo.
Es el viejo manual del machismo: desacreditar a la mujer que no se somete.
No es fragilidad femenina. Es abuso de poder.
Aquí no estamos frente a una cuestión de sensibilidad.
Estamos frente a una cuestión de poder.
Si se comprueba que una autoridad utilizó su posición jerárquica para realizar insinuaciones y posteriormente intervino en un sumario contra la misma persona que lo rechazó, la ley debe actuar con toda su fuerza.
Porque el acoso no es una falta menor.
Es una forma de violencia.
Y cuando se ejerce desde el Estado, se convierte en violencia institucional.
Si la justicia determina responsabilidad, la sanción debe ser ejemplar: separación del cargo e inhabilitación para ejercer funciones públicas. No por venganza, sino por protección institucional.
Porque el Estado no puede convertirse en refugio de abusadores.
Rubén Pérez Riquelme director nacional de Gendarmería de Chile.
La pregunta moral
Cabe una pregunta simple, humana y profunda:
¿Acaso quien incurre en estas conductas no tiene madre?
¿No tiene esposa?
¿No tiene hijas o nietas?
Las mujeres no son objetos.
No son premios.
No son subordinadas afectivas.
Son profesionales.
Son líderes.
Son autoridades.
Y muchas veces —lo sabemos bien— más competentes y preparadas que muchos hombres que aún creen que el cargo les otorga privilegios personales.
América Latina: una deuda estructural
Lo que ocurre en Chile es parte de una realidad más amplia.
En América Latina el machismo sigue arraigado en estructuras culturales y políticas. Las cifras de violencia contra la mujer son alarmantes. El acoso laboral es subdenunciado. El miedo a represalias es real.
Muchas mujeres callan porque saben lo que puede ocurrirles.
Otras, como en este caso, deciden enfrentar el sistema.
Y cuando una mujer denuncia, no está solo defendiendo su nombre. Está abriendo un camino para otras.
No es una guerra de géneros. Es una defensa de la dignidad.
Este debate no es contra los hombres.
Es contra el abuso.
No es feminismo radical.
Es respeto básico.
No es ideología.
Es justicia.
La igualdad no es un favor que el poder concede.
Es un derecho que la sociedad debe garantizar.
Si Chile quiere llamarse un país moderno, debe demostrar que la autoridad pública está sometida a la ley y no por encima de ella.
Porque cuando el poder se usa para humillar, perseguir o castigar a quien no se somete, no estamos frente a liderazgo.
Estamos frente a decadencia moral.
Rodolfo Varela

