Cuando el poder se cree dueño del mundo
Por Rodolfo Varela
Después de leer el artículo de mi querido amigo Miguel Ángel, lo hice con la atención y la emoción que siempre me provocan sus reflexiones. No son textos livianos ni oportunistas: nacen de la experiencia, del pensamiento crítico y de una coherencia que ha sabido mantenerse intacta a lo largo de los años. Eso no es casualidad.
Quienes hemos vivido, trabajado y aprendido en la radio —y más aún en momentos tan decisivos como aquel 11 de septiembre de 1973 en Radio Corporación— sabemos que la palabra tiene peso, memoria y responsabilidad. No es solo comunicación: es historia viva.
Hoy el problema no es de derecha o izquierda. El verdadero conflicto es la falta de coherencia, de ética, de cultura y de formación crítica.
La pregunta sigue siendo brutalmente actual:
¿Estamos formando una juventud capaz de dirigir los destinos de la humanidad o solo masas fácilmente manipulables?
Nuestros jóvenes viven atrapados en una caja pequeña llamada teléfono celular. No se trata de rechazar la tecnología, sino de denunciar algo mucho más grave: la captura de la mente humana por herramientas creadas por el propio ser humano, hoy usadas para dominar, distraer y anestesiar el pensamiento crítico.
Las redes sociales y los algoritmos se han transformado en armas políticas. Políticos inescrupulosos, sostenidos en la mentira y el discurso vacío, alejan a los jóvenes de la realidad, de la ética y de la capacidad de distinguir entre lo correcto y lo incorrecto. Se les enseña que la mentira, repetida mil veces, puede convertirse en verdad.
Así se construyen narrativas perversas: ellos contra nosotros. Se enfrenta a los jóvenes entre sí, se los aleja de la escuela, de la universidad y —lo más grave— del núcleo familiar, destruyendo valores fundamentales como el respeto, la educación, la convivencia y la humanidad.
Pero esta degradación no ocurre solo a nivel local. También es consecuencia de los desmanes de las grandes potencias y de líderes que creen ser dueños del mundo. Tanto el presidente de Estados Unidos como el de Rusia se entrometen en la vida de otros países, imponen agendas, modelos y conflictos, y pretenden que pueblos enteros sigan sus cartillas ideológicas y estratégicas.
La vida no es una doctrina impuesta desde Washington o Moscú.
La vida es acierto y error, aprendizaje, diversidad y soberanía.
Ningún ser humano —por mucho poder económico o bélico que tenga— tiene derecho a decidir el destino de otros pueblos.
Estos líderes no son dioses ni salvadores: son simples seres humanos con un poder desproporcionado, usado muchas veces sin ética ni responsabilidad. Sus guerras, sus sanciones y sus intervenciones solo dejan muerte, pobreza y generaciones fracturadas.
Mientras tanto, los políticos locales repiten el mismo patrón: mienten por conveniencia, por dinero, estatus y poder. Y los jóvenes, muchas veces sin darse cuenta, son manipulados, utilizados y descartados. De ahí nace la alarmante falta de profesionales competentes, éticos y comprometidos con la verdad.
La tecnología no es el enemigo.
El enemigo es el ser humano deshonesto, corrupto y oportunista que la usa para dominar.
Por eso es urgente denunciar sin ambigüedades, recuperar la educación crítica, la cultura, la memoria y la palabra.
Porque sin ética, sin coherencia y sin respeto por la soberanía, no hay futuro posible.
Y porque la palabra —cuando es honesta— sigue siendo un acto de resistencia.