En América Latina seguimos atrapados en una discusión superficial: izquierda contra derecha.
Pero el verdadero problema no es ideológico. Es ético.
El dinero que se gasta en hoteles de lujo, comitivas sobredimensionadas, viajes innecesarios o subsidios mal fiscalizados no pertenece al gobierno de turno. Pertenece al contribuyente. Al trabajador. Al pequeño comerciante. Al jubilado que paga impuestos incluso cuando su pensión es insuficiente.
Y allí comienza el conflicto.
La confusión entre poder y propiedad
En muchas administraciones latinoamericanas persiste una cultura política donde el poder se interpreta como privilegio. El Estado se transforma en extensión del partido gobernante. El erario se percibe como herramienta de recompensa política.
La llamada “dignidad del cargo” no puede justificar el despilfarro.
La dignidad se mide por resultados, no por hoteles cinco estrellas.
Ineficiencia estructural
El Banco Interamericano de Desarrollo (BID) ha estimado que la ineficiencia del gasto público en América Latina ronda el 4,4% del PIB regional.
En sociedades donde la pobreza y la desigualdad siguen presentes, esa cifra no es técnica. Es moral.
Cada punto perdido representa hospitales que no se equipan, escuelas que no se construyen, pensiones que no mejoran.
Cultura, subsidios y falta de retorno social
No se trata de negar el valor del arte. Se trata de exigir transparencia y retorno social real.
Cuando los fondos públicos terminan concentrados en figuras consolidadas que no garantizan acceso democrático, el problema no es cultural: es ético.
Instituciones débiles, controles débiles
La corrupción no prospera sola. Necesita instituciones frágiles.
En varios países de la región, los organismos de control carecen de autonomía real. Las investigaciones tardan años. Las sanciones rara vez son ejemplares.
Sin consecuencias, el abuso se normaliza.
No es “Tercer Mundo”. Es gestión.
El término “tercer mundo” está obsoleto. Países como Chile, Uruguay, Argentina y Brasil poseen altos niveles de desarrollo humano.
El problema no es falta de recursos.
Es falta de responsabilidad política.
Mi reflexión personal
Como alguien que vivió una época donde el poder se ejercía sin límites, puedo decir con convicción: cuando el Estado deja de rendir cuentas, la democracia comienza a erosionarse.
El abuso no empieza con grandes escándalos.
Empieza cuando normalizamos pequeños privilegios.
No se trata de derecha ni de izquierda.
Se trata de honestidad.
Y sin honestidad fiscal, no hay justicia social posible.
Rodolfo Varela