Por Rodolfo Varela
Como hombre de izquierda, ex preso político, exonerado y sobreviviente de la tortura bajo la dictadura militar de Augusto Pinochet en Chile, aprendi que la dor de la opresión y el peso de las cadenas son iguales, no importa quién sea el tirano. Mi historia me enseñó que el compromiso con los derechos humanos debe ser absoluto e innegociable. No hablo por hablar; hablo con la autoridad de quien vivió la barbarie y hoy siente en carne propia el abandono del propio sistema.
La verdad que muchos evitan decir es que Chile tiene una deuda histórica e impagable con sus víctimas. Los partidos de izquierda que asumieron el poder tras la redemocratización prometieron reparación, pero nos dejaron sobreviviendo con pensiones miserables, ignorando a quienes sacrificaron sus vidas por la libertad. Si los propios políticos de izquierda de mi país le fallaron a las víctimas de la derecha, no puedo silenciarme ante el sufrimiento de otros pueblos. La esclavitud y la miseria impuestas por una dictadura son inaceptables, ya sean justificadas por discursos de derecha o de izquierda. Es con esta coherencia e independencia que analizo el escenario actual de nuestra región.
La postura de los gobiernos de la denominada "nueva izquierda" en América Latina hacia la dictadura cubana es compleja y genera intensos debates sobre la democracia y los derechos humanos. Aunque comúnmente se habla de una corriente renovada en la región, los líderes políticos actuales no actúan como un bloque homogéneo frente a La Habana; por el contrario, se dividen entre la defensa histórica, el pragmatismo diplomático y la condena abierta.
1. El mito fundacional y la nostalgia ideológica
Para los sectores más tradicionales y ortodoxos de la izquierda latinoamericana, la Revolución Cubana de 1959 sigue representando un símbolo histórico de resistencia contra el imperialismo estadounidense. Para estas corrientes, criticar abiertamente los abusos de La Habana es visto como una traición a las bases ideológicas o como un alineamiento automático con la política exterior de Washington. Esta nostalgia permite que el régimen justifique la falta absoluta de libertades democráticas en la isla bajo el desgastado argumento de la "excepcionalidad" de su proceso político.
2. El rechazo al embargo como escudo político
Existe un consenso generalizado en la diplomacia de América Latina —que trasciende las fronteras ideológicas— que condena el bloqueo económico impuesto por Estados Unidos a Cuba. Muchos gobiernos argumentan que las sanciones financieras son la causa principal de la severa crisis humanitaria de la isla. Sin embargo, al enfocar todo su discurso público en el impacto del embargo, estos mandatarios suelen utilizarlo como un escudo conveniente para evitar pronunciarse sobre la persecución a la disidencia, la censura a la libertad de prensa y la ausencia total de elecciones pluripartidistas.
3. Pragmatismo multilateral y no intervención
Países con un peso geopolítico importante tienden a priorizar el principio diplomático de no intervención en los asuntos internos de otros Estados. Ciertos líderes de centroizquierda prefieren mantener abiertos los canales de diálogo e integración regional con Cuba para actuar como mediadores políticos en crisis regionales (como ocurrió con los procesos de paz colombianos), optando por la diplomacia en lugar de aislar políticamente al régimen.
4. La fractura ética dentro de la propia izquierda
A diferencia de décadas anteriores, la izquierda contemporánea de la región muestra fisuras profundas respecto a los estándares democráticos y el respeto a la dignidad humana:La izquierda crítica: Diversos líderes de la izquierda renovada o socialdemócrata han calificado abiertamente al sistema cubano como una dictadura de partido único. Estos mandatarios sostienen firmemente que los derechos humanos deben defenderse con la misma fuerza en cualquier rincón del planeta, sin importar el color político del gobernante de turno.
La izquierda aliada y la complicidad de la corrupción: En el extremo opuesto se encuentran los gobiernos de corte populista adscritos al denominado "Socialismo del Siglo XXI" (como Venezuela y Nicaragua). Ellos actúan como aliados políticos y económicos orgánicos de La Habana, defendiendo ciegamente su modelo y rechazando cualquier cuestionamiento internacional.
A estos políticos inescrupulosos no les importa el sufrimiento del pueblo cubano común, que padece diariamente la falta de comida, los apagones masivos de luz, la escasez de agua y un sistema de salud colapsado. La dignidad de los ciudadanos es pisoteada por la dinastía de la familia Castro y una élite política corrupta que vive una realidad radicalmente opuesta a la de la población. Mientras el cubano de a pie sobrevive en la miseria, los altos mandos del régimen y sus familias disfrutan de fortunas millonarias y vidas de lujo, blindados por la impunidad.
Esta falta de una postura unificada en América Latina permite que coexistan discursos que denuncian activamente la vulneración de libertades en Cuba junto con políticas exteriores que optan por omitir la crisis. Mientras la diplomacia regional continúa debatiendo entre el pragmatismo y la ideología, el pueblo cubano sigue pagando el precio más alto: el secuestro de su libertad y su futuro a manos de una dictadura corrupta.