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2026/06/26

La cuenta de la infamia: El norte chileno herido y la voz de la memoria

Por: Rodolfo Varela

Conozco el polvo del desierto, el sacrificio del minero y el temple de un pueblo que, durante generaciones, sostuvo con su trabajo buena parte de la riqueza de Chile. Mi vínculo con el norte no nació desde un escritorio ni desde la comodidad de Santiago. Fui director de Radio Diego de Almeyda y viví esa realidad desde dentro. 


                                        Radio Diego de Almeida CA 82 de Pueblo Hundido


Pero mi historia con Chile quedó marcada mucho más profundamente: fui exonerado político, preso político y sobreviviente de la tortura durante la dictadura de Augusto Pinochet. Sé, por experiencia propia, cuánto dolor costó imponer, a sangre y fuego, el modelo económico que aún determina buena parte de nuestras vidas.


Por eso, cuando hoy recorro Chile, mi indignación no nace de una teoría económica ni de una trinchera ideológica. Nace de la memoria, de las cicatrices y de la experiencia. Lo que observo en nuestras calles y, especialmente, en el norte minero, está muy lejos del supuesto "oasis" macroeconómico que durante años celebraron gobiernos y tecnócratas. Lo que veo es la convivencia brutal entre la riqueza de unos pocos y la precariedad de millones de chilenos.


Este ya no es un debate entre derechas e izquierdas. El hambre no vota. La pobreza no milita en ningún partido. La desesperación cotidiana de miles de familias es el resultado de décadas de promesas incumplidas, discursos vacíos y una dirigencia política que, sin importar el color de sus gobiernos, terminó administrando el mismo modelo sin resolver las profundas desigualdades que afectan a la población.


Las matemáticas de la precariedad


¿Cómo puede sobrevivir una familia cuando el salario mínimo apenas supera los 550 mil pesos, mientras un arriendo promedio en una ciudad chilena bordea los 600 mil? La respuesta es simple: no puede.

Es una ecuación imposible que obliga a miles de trabajadores a vivir hacinados, endeudados o expulsados hacia campamentos y sectores periféricos donde muchas veces faltan servicios básicos. El problema ya no es solamente la pobreza; es la pérdida progresiva de la dignidad.


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La misma tragedia alcanza a nuestros adultos mayores.

Después de décadas de trabajo, el sistema previsional incumplió la promesa sobre la cual fue construido. Prometió seguridad y terminó entregando incertidumbre. Miles de jubilados sobreviven gracias al complemento que entrega el Estado mediante la Pensión Garantizada Universal. Sin ese aporte, una enorme cantidad de pensionados viviría bajo la línea de la pobreza. El mercado, por sí solo, nunca garantizó una vejez digna.


Un Congreso distante de la realidad


Mientras tanto, resulta inevitable preguntarse si quienes legislan conocen realmente la vida cotidiana de la mayoría de los chilenos.

Mientras perciben remuneraciones que los ubican entre los funcionarios mejor pagados del país, millones de ciudadanos deben decidir cada mes entre pagar el arriendo, comprar medicamentos o alimentar a sus familias.


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La distancia entre la clase política y la realidad social se ha convertido en una de las mayores crisis de confianza que enfrenta nuestra democracia.

Los discursos abundan. Las soluciones siguen esperando.


El norte: subsuelo rico, superficie abandonada


La contradicción más dolorosa de Chile se encuentra en el norte.

Desde Calama hasta la Región de Atacama, el país extrae el cobre y el litio que alimentan industrias estratégicas en todo el mundo y generan miles de millones de dólares cada año.

Sin embargo, basta recorrer esas mismas ciudades para encontrarse con hospitales colapsados, infraestructura insuficiente, contaminación ambiental, campamentos sin alcantarillado ni agua potable y comunidades que continúan esperando inversiones básicas.


Riqueza extrema: en Chile, los ultrarricos poseen las mayores fortunas de América Latina.


Ninguna otra región expresa con tanta crudeza la paradoja chilena: el territorio que más riqueza genera para el país es también uno de los que más convive con el abandono y la desigualdad.

El centralismo fiscal continúa absorbiendo gran parte de esos recursos hacia Santiago, mientras las regiones productoras reciben una fracción insuficiente para enfrentar sus necesidades.

A ello se suma el sistema de turnos mineros. Miles de trabajadores obtienen legítimamente buenos ingresos, pero gran parte de esos recursos termina gastándose fuera del norte. Las regiones quedan soportando el aumento del costo de la vida, el deterioro ambiental, la presión sobre los servicios públicos y un crecimiento urbano que muchas veces supera la capacidad de respuesta del Estado.


Un llamado a la decencia


Quienes gobiernan Chile deberían abandonar por un momento las oficinas y recorrer, sin comitivas ni protocolos, las calles de Calama, Copiapó, Inca de Oro, Diego de Almagro, El Salvador, El Salado, Portal del Inca, Chañaral y tantas otras localidades donde la riqueza del subsuelo contrasta dolorosamente con la precariedad de la superficie.

Deberían mirar a los ojos de los jubilados que deben escoger entre comprar medicamentos o alimentos. Deberían conversar con los trabajadores que producen la riqueza nacional y que, aun así, no logran acceder a una vivienda digna.

Porque un país verdaderamente desarrollado no se mide únicamente por el crecimiento de su Producto Interno Bruto ni por la cantidad de tratados comerciales que firma.


La memoria no sirve para vivir del pasado; sirve para impedir que la injusticia se convierta en costumbre.


Se mide por la calidad de vida de su gente.

Se mide por la dignidad con que viven sus trabajadores.

Se mide por el respeto hacia quienes dedicaron toda una vida al desarrollo nacional.

Quienes sobrevivimos a la prisión política y a la tortura aprendimos que el silencio nunca ha sido una opción. Por eso seguiremos denunciando las injusticias, gobierne quien gobierne. La memoria no puede transformarse en resignación.

Chile necesita una verdadera política de desarrollo que fortalezca el empleo de calidad, impulse la industrialización, reduzca el centralismo, garantice pensiones dignas y coloque nuevamente al ser humano por encima de los intereses económicos.

Chile no necesita más discursos; necesita decisiones.

No necesita nuevas promesas electorales; necesita gobernantes capaces de comprender que el crecimiento económico pierde toda legitimidad cuando no mejora la vida de quienes generan esa riqueza con su trabajo.

La verdadera grandeza de Chile no estará en las toneladas de cobre o de litio que exporte al mundo. Estará el día en que esa riqueza se refleje, finalmente, en la dignidad, la seguridad y la esperanza de todos los chilenos.


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