Cifras que no alcanzan para calmar el miedo
Por Rodolfo Varela
A un año de la creación del Ministerio de Seguridad Pública, el gobierno chileno celebra cifras, balances y estadísticas que, en el papel, parecen alentadoras. Sin embargo, en las calles, en las poblaciones, en los barrios más humildes del país, la realidad se siente muy distinta.
Allí donde vive la mayoría de quienes sostienen este país con su trabajo diario, el miedo sigue siendo parte de la rutina, y la sensación de abandono por parte del Estado es cada vez más profunda.
El ministro de Seguridad Pública, Luis Cordero, realizó un balance positivo del primer año de funcionamiento de la cartera, destacando una inversión de 271 mil millones de pesos, la coordinación de 13 instituciones, y una supuesta mejora en indicadores clave como la tasa de homicidios, que habría bajado de 6,7 a 5,4 por cada 100 mil habitantes en comparación con 2022.
También se informó una reducción en los ingresos irregulares por las fronteras terrestres, una baja significativa en la violencia rural en la Macrozona Sur y un aumento en las detenciones realizadas por Carabineros y la PDI, junto con importantes incautaciones de drogas y armas.
Desde el punto de vista técnico y estadístico, el balance parece sólido. Desde el punto de vista humano, social y ciudadano, es profundamente insuficiente.
Cifras oficiales versus miedo real
Porque mientras el gobierno habla de disminuciones porcentuales, la población más pobre sigue viviendo encerrada, con miedo a salir de noche, desconfiando de la policía, de la justicia y, muchas veces, del propio Estado.
No es una percepción antojadiza. Diversos sondeos siguen ubicando a Chile entre los países con mayor sensación de inseguridad, especialmente al caminar de noche. La gente no discute si el homicidio bajó un punto más o menos; la gente se pregunta si llegará viva a su casa, si su hijo volverá del colegio, si el almacén del barrio resistirá una semana más sin ser asaltado.
Aquí está la gran contradicción:
las cifras bajan, pero el miedo no.
Un Estado fuerte en el discurso, débil en los territorios
El propio ministro ha reconocido que el país enfrenta desafíos estructurales derivados de contextos internacionales, migraciones forzadas y redes criminales transnacionales. Todo eso es cierto. Pero también es cierto que el Estado chileno sigue llegando tarde, mal o derechamente no llegando a los sectores más vulnerables.
En muchas poblaciones:
-
La presencia policial es esporádica
-
Las denuncias no prosperan
-
Las víctimas quedan solas
-
Los delincuentes reinciden
Hablar de “Estado fuerte” mientras la gente humilde se siente indefensa frente al delito es una contradicción que ya no puede seguir maquillándose con discursos.
Corrupción: el cáncer que debilita toda política de seguridad
A este escenario se suma un factor devastador: la corrupción.
Casos como el Caso Convenios, el Caso Audios, el aumento de causas por fraude y las sospechas de penetración del narcotráfico en instituciones públicas han erosionado gravemente la fe pública.

¿Cómo pedirle confianza a la ciudadanía cuando:
-
funcionarios públicos desvían recursos,
-
fundaciones sirven de pantalla,
-
redes políticas y judiciales aparecen comprometidas,
-
y las sanciones parecen lentas o insuficientes?
La seguridad no fracasa solo por falta de policías o tecnología. Fracasa cuando la corrupción se vuelve sistémica y el ciudadano común siente que la ley no es igual para todos.
No es derecha ni izquierda: es dignidad y derechos humanos
Este no es un debate ideológico.
No es una pelea entre derecha e izquierda.
Es una cuestión básica de derechos humanos.
La seguridad es un derecho humano fundamental.
La justicia es un derecho humano fundamental.
La protección del Estado no puede depender del barrio donde se nace ni del apellido que se lleva.
Cuando el Estado falla en proteger a los más pobres, falla en su esencia.
Conclusión: un ministerio bajo presión moral
El Ministerio de Seguridad Pública ha mostrado avances técnicos, coordinación institucional y despliegue operativo. Eso es innegable. Pero el balance sigue siendo contradictorio, porque no ha logrado lo más importante:
devolverle la tranquilidad y la confianza a la ciudadanía más vulnerable.
Mientras la gente humilde siga viviendo con miedo, mientras la corrupción siga golpeando la credibilidad del sistema, y mientras la justicia siga pareciendo lejana para el ciudadano común, ningún balance puede considerarse realmente exitoso.
El desafío ya no es solo mejorar cifras.
El desafío es recuperar la dignidad, la seguridad y la confianza de quienes eligieron a sus autoridades esperando protección, no excusas.