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2026/09/24

LA SEGUNDA TORTURA: CUANDO LA VÍCTIMA TIENE QUE DEMOSTRAR QUE FUE VÍCTIMA


El fallo que reconoce a una víctima también nos obliga a mirar una deuda que Chile todavía mantiene con quienes sobrevivimos


28° Juzgado Civil De Santiago, Chile


 Por Rodolfo Varela

El 24 de septiembre de 2026, el Vigésimo Octavo Juzgado Civil de Santiago condenó al Fisco de Chile a pagar $70 millones a un ex prisionero político sometido a torturas y relegación en 1984.

La sentencia, dictada en la causa Rol 13.566-2024, reconoce la responsabilidad del Estado frente a un crimen de lesa humanidad y sostiene la imprescriptibilidad de la acción indemnizatoria en este contexto.

Es un fallo importante.

Pero mientras lo leía, no pude dejar de pensar en una pregunta mucho más dolorosa:

¿Por qué una víctima de la represión del Estado tiene que pasar nuevamente por los tribunales para conseguir que el mismo Estado reconozca aquello que sufrió?

Y esta pregunta no la hago desde la teoría.

La hago desde mi propia vida.

Yo fui reconocido como exonerado político. Pero no como ex preso y torturado político.


Esta diferencia es fundamental.

En mi caso, tuve que recurrir a la justicia para ser reconocido como exonerado político.


Destacado abogado de DD.HH. Nelson Caucoto: “Jamás una causa de derechos humanos puede ser investigada por la justicia militar”


Conté con la representación del abogado de derechos humanos Nelson Caucoto, y tuve que presentar como testigos a dos amigos y compañeros que conocían mi historia: Sergio Campos Ulloa y Rafael Montes.

Ellos también trabajaban en Radio Corporación CB 114 de Santiago, donde yo desarrollaba mi actividad profesional.


Sergio Campos e Rodolfo Varela



Finalmente fui reconocido como exonerado político.

Pero no fui reconocido, en aquella oportunidad, como ex preso político y torturado.

¿Por qué?

Porque para acreditar oficialmente esa condición se requerían antecedentes que yo no tenía.

Y aquí aparece la parte más cruel de esta historia.

¿Dónde están los documentos?


Yo sé lo que viví.

Sé que fui detenido en distintas oportunidades.

Sé que fui golpeado.

Sé que fui torturado.

Sé que recibí un golpe con un fusil que dejó secuelas permanentes en mi audición.

Sé lo que ocurrió después del toque de queda.

Sé las amenazas que recibí.

Sé lo que significó vivir con el miedo de que una nueva detención pudiera terminar en mi muerte.

Pero hoy alguien podría preguntarme:

“Rodolfo, ¿dónde está el documento que demuestra que te detuvieron?”

Y mi respuesta es:

No lo tengo.

“¿Dónde está el documento militar que certifica que te torturaron?”

No lo tengo.

“¿Dónde está el documento firmado por quienes te golpearon?”

No existe en mi poder.

Y aquí está la paradoja.

Quienes me detuvieron y me torturaron tenían el poder de registrar los hechos.

También tenían el poder de no registrarlos.

Y hoy, más de cincuenta años después, la víctima queda enfrentada a la necesidad de demostrar aquello que el aparato represivo nunca documentó o cuya documentación no llegó a sus manos.


El Instituto Butantan de Brasil produjo veneno para que la dictadura chilena asesinara a opositores


¿Tengo que volver a los tribunales para demostrar que fui torturado?


Esta es la parte que más me duele.

Para que se reconozca formalmente mi condición de ex preso político y torturado tendría que iniciar otro proceso.

Otra vez abogados.

Otra vez antecedentes.

Otra vez testigos.

Otra vez contar lo que ocurrió.

Otra vez abrir heridas que nunca terminaron de cerrarse.

Otra vez tener que convencer a una institución de que aquello que viví realmente sucedió.

Para mí, eso sería una segunda tortura.

La primera fue física.

La segunda sería obligarme, décadas después, a volver a demostrar que fui víctima.

Mi cuerpo también es parte de la historia


No tengo un documento militar que diga:

“Rodolfo Varela fue golpeado con un fusil”.

Pero tengo las consecuencias de aquello.

Tengo una pérdida permanente de audición.

Tengo secuelas físicas.

Tengo recuerdos que no desaparecieron con el paso del tiempo.

Y tuve que enfrentar dos operaciones por aneurismas cerebrales en 2009.

No estoy diciendo que una consecuencia médica, por sí sola, sustituya una prueba judicial.

Estoy diciendo algo diferente:

las víctimas no son solamente expedientes.

También son cuerpos.

Son recuerdos.

Son testimonios.

Son familias.

Son vidas interrumpidas.

Y cuando no existen documentos oficiales, el Estado debería investigar seriamente todas las evidencias disponibles en lugar de convertir la ausencia de un documento represivo en una sospecha sobre la víctima.

Violadas, embarazadas y torturadas: las mujeres como botín de guerra en la dictadura de Pinochet

Yo tuve que probar lo que el Estado no quiso registrar


Esta es la contradicción que Chile todavía debe enfrentar.

Para ser reconocido como exonerado político tuve que recurrir a la justicia.

Tuve un abogado.

Tuve testigos.

Tuve que reconstruir mi historia.

Y finalmente obtuve ese reconocimiento.

Pero existe otra parte de mi historia que permanece sin el reconocimiento formal correspondiente porque no cuento con los documentos necesarios para acreditarla.

Entonces me pregunto:

¿Cuántos sobrevivientes están exactamente en la misma situación?

¿Cuántos fueron detenidos sin registro?

¿Cuántos fueron golpeados sin certificado médico?

¿Cuántos fueron torturados en lugares donde nadie dejó constancia?

¿Cuántos fueron liberados y enviados de vuelta a sus casas con la orden silenciosa de no contar nada?

¿Cuántos murieron sin haber podido contar su historia?

Y, sobre todo:

¿Cuántos terminaron abandonando la lucha porque no tenían dinero, abogados, documentos o fuerzas para comenzar un nuevo proceso?

El reconocimiento tardío también revela una deuda


El fallo del Vigésimo Octavo Juzgado Civil de Santiago demuestra que el sistema judicial puede reconocer la responsabilidad del Estado frente a graves violaciones de derechos humanos.

Pero también nos obliga a mirar una realidad incómoda:

una justicia que llega después de décadas puede reparar parcialmente un daño, pero no puede devolverle a la víctima los años que perdió.


«Me arrebataron a mi madre embarazada y a mi padre cuando tenía 2 años»: el relato de una víctima del gobierno de Pinochet.


Una indemnización puede ser necesaria.

Pero una indemnización no devuelve la juventud.

No devuelve la salud.

No devuelve la tranquilidad.

No devuelve el trabajo perdido.

No devuelve a los compañeros asesinados o desaparecidos.

No borra la tortura.

Y tampoco puede borrar la responsabilidad histórica del Estado.

No podemos pedirle a la víctima la prueba que el represor nunca le entregó


Esta debería ser una de las grandes lecciones de nuestra historia.

Cuando el propio Estado participó en la represión, la ausencia de un documento oficial no puede convertirse automáticamente en ausencia de verdad.

La investigación debe considerar el conjunto de las evidencias disponibles: testimonios, antecedentes médicos, archivos, registros históricos, documentos de organizaciones de derechos humanos, declaraciones de terceros y todos aquellos elementos que permitan reconstruir lo ocurrido.


Chile pode dobrar número de vítimas oficiais do regime Pinochet


Porque una víctima no empieza a existir cuando aparece un papel.

La víctima existía antes del expediente.

El dolor existía antes del tribunal.

La tortura existía antes del certificado.

Y la memoria existía antes de que alguien decidiera reconocerla oficialmente.

Yo no quiero volver a ser juzgado por mi propia historia


Tengo 76 años.

Han pasado 53 años desde el golpe de Estado.

Mi vida continuó.

Salí de Chile en 1976 y reconstruí mi existencia en Brasil.

Pero algunas heridas no se fueron.

Por eso no quiero que mi historia sea utilizada para atacar a nadie ni para alimentar odios.

Quiero algo mucho más sencillo:

que se reconozca la verdad de las víctimas.

No quiero tener que enfrentar otro proceso judicial para demostrar que fui detenido y torturado.

No quiero volver a sentarme frente a un expediente para convencer a alguien de que lo que viví fue real.

Ya lo viví una vez.

No quiero vivirlo judicialmente una segunda vez.

Chile tiene una deuda con sus víctimas


El reconocimiento de una víctima no debería depender exclusivamente de cuánto dinero tiene para contratar abogados, de cuántos testigos conserva después de más de cinco décadas o de si el aparato represivo tuvo la delicadeza de entregarle un certificado de que fue torturada.


La deuda de Chile con el derecho a vivir esta en paz?


Las víctimas de la dictadura no deberían tener que pasar toda su vida golpeando las puertas del Estado para que este reconozca el daño que sufrió.

Chile necesita verdad.

Necesita justicia.

Necesita reparación.

Pero también necesita algo que muchas veces se olvida:

necesita creerle a sus víctimas y escucharlas.

Porque la memoria no comienza en un tribunal.

La memoria comienza en la vida de quienes sobrevivieron.

Y cuando una persona tiene que volver a los tribunales para demostrar que fue víctima de aquello que sufrió hace más de medio siglo, entonces la tortura terminó físicamente hace décadas, pero el Estado todavía no ha conseguido cerrar completamente sus consecuencias.

No podemos exigirle a la víctima la prueba que el victimario nunca le entregó.

La memoria no se decreta.

La verdad no prescribe.

La dignidad no tiene fecha de vencimiento.

Y quienes sobrevivimos no deberíamos ser obligados a sufrir una segunda tortura para demostrar que la primera ocurrió.

Por Chile.
Por la verdad.
Por la memoria.
Por quienes sobrevivieron.
Y por quienes nunca pudieron contar su historia.

Nunca más.

Por: Rodolfo Varela

Locutor profesional — Publicista — Director de Radio y Televisión
Exonerado político

2026/09/23

Opinión: Ideología, soberanía y seguridad: el debate que Brasil no puede eludir

Por: Rodolfo Varela

El crimen organizado transnacional ya no conoce fronteras. Sus redes atraviesan países, utilizan rutas internacionales, movilizan enormes cantidades de dinero, trafican drogas y armas y aprovechan las diferencias entre las legislaciones nacionales para ampliar su poder.


El desafío del crimen organizado transnacional en América Latina


Por eso, la decisión de Brasil de mantenerse fuera del “Escudo de las Américas”, una iniciativa de cooperación regional impulsada por Estados Unidos para enfrentar el crimen organizado y el narcotráfico, merece una reflexión seria y sin consignas partidarias.


El 22 de septiembre de 2026, Estados Unidos y otros 14 países de América Latina y el Caribe anunciaron en Naciones Unidas una acción conjunta contra 24 organizaciones criminales. Entre ellas fueron incluidos el Primeiro Comando da Capital (PCC) y el Comando Vermelho, dos de las principales organizaciones criminales brasileñas. Brasil, sin embargo, no forma parte de esta iniciativa.


La cuestión, entonces, no debería reducirse a si la propuesta viene de Washington o de otro lugar. La pregunta fundamental es otra: ¿cómo puede un país enfrentar organizaciones criminales que operan internacionalmente si la cooperación internacional no acompaña la dimensión internacional del problema?


Defender la soberanía nacional es legítimo y necesario. Pero soberanía no debería significar aislamiento. Un Estado puede conservar plenamente el control de sus instituciones, de sus fuerzas de seguridad y de sus decisiones políticas y, al mismo tiempo, compartir información, inteligencia, tecnología y mecanismos de persecución financiera con otros países.


La erosión silenciosa de la soberanía por parte del crimen organizado



De hecho, Brasil ya mantiene cooperación bilateral con Estados Unidos en materia de seguridad. En abril de este año, ambos países formalizaron un acuerdo para combatir redes delictivas internacionales y el tráfico de armas, incluyendo mecanismos de intercambio de información aduanera.



Entonces surge una pregunta que merece respuesta: si Brasil puede cooperar bilateralmente con Estados Unidos contra el crimen transnacional, ¿por qué mantenerse fuera de una iniciativa regional que busca precisamente ampliar la coordinación entre varios países?


No se trata de entregar la soberanía brasileña a ninguna potencia extranjera. Tampoco de convertir la seguridad pública en una cuestión ideológica. Se trata de evaluar, con pragmatismo, qué herramientas pueden ayudar a proteger a millones de ciudadanos.


Brasil y Estados Unidos unen fuerzas para combatir el crimen transnacional


El crimen tampoco tiene ideología


Las grandes organizaciones criminales no preguntan si una víctima vota por la izquierda, por el centro o por la derecha.

No respetan fronteras, gobiernos ni colores partidarios.

Su lógica es el dinero, el control territorial, el tráfico de drogas y armas y la capacidad de corromper instituciones.

Por eso, la respuesta del Estado tampoco debería quedar atrapada en disputas ideológicas.

Brasil tiene una de las mayores economías y poblaciones de América Latina y enfrenta organizaciones criminales con capacidad de operar mucho más allá de una ciudad o incluso de un estado. El PCC y el Comando Vermelho, además, fueron incluidos por los países participantes del Escudo de las Américas entre las organizaciones consideradas una amenaza narcoterrorista dentro de la declaración conjunta de septiembre.

Eso no significa que Brasil deba aceptar automáticamente todas las definiciones o estrategias de otros gobiernos. Significa que el problema existe y que merece una respuesta proporcional a su dimensión.


El “Novo Cangaço” y el dominio de ciudades


Brasil también conoce desde hace años una modalidad criminal que la prensa, investigadores y agentes de seguridad han denominado “Novo Cangaço”.

Son ataques en los que grupos numerosos y fuertemente armados sitian ciudades, atacan bancos o transportadoras de valores, utilizan explosivos, bloquean carreteras, enfrentan a las fuerzas policiales y, en algunos casos, utilizan a civiles como rehenes o escudos humanos. Investigaciones académicas y estudios vinculados a la seguridad pública han documentado este fenómeno en diferentes regiones del país.

El «nuevo cangaço» en Varginha


El ataque de Araçatuba, en São Paulo, en 2021, mostró hasta dónde podía llegar esta modalidad: hombres armados con fusiles, vehículos preparados para la acción, explosivos, drones, vehículos incendiados y personas utilizadas como escudos humanos.

Víctimas son utilizadas como escudos humanos tras un asalto a un banco en la ciudad de Vidal Ramos, Santa Catarina (Brasil).


Incluso existe un debate técnico dentro de los organismos de seguridad brasileños sobre la expresión “Novo Cangaço”, y algunos especialistas consideran más preciso hablar de “domínio de cidades”. Pero más allá del nombre, la realidad es la misma: grupos criminales capaces de paralizar temporalmente comunidades enteras mediante el uso coordinado de violencia y armamento pesado.



Delincuentes utilizan a personas como escudos humanos durante un asalto a bancos en Araçatuba, São Paulo.


Y cuando una población civil queda atrapada entre delincuentes fuertemente armados y fuerzas de seguridad, lo que existe es una amenaza concreta contra el Estado de derecho y contra la vida de ciudadanos inocentes.

Seguridad sin sometimiento


Cooperar internacionalmente no significa entregar las decisiones nacionales.

Brasil puede y debe defender sus intereses, controlar sus fronteras y exigir que cualquier cooperación respete su Constitución y sus leyes.

Pero tampoco debería convertir la soberanía en una barrera automática frente a toda iniciativa internacional.

La propia declaración del Escudo de las Américas establece que las acciones de los países participantes deben realizarse de acuerdo con sus respectivas obligaciones jurídicas nacionales e internacionales.

Por eso, el debate debería ser mucho más serio que una simple disputa entre izquierda y derecha.


Marcos Camacho, Markola, es el líder del PCC, actualmente preso en una cárcel en Brasil.


La pregunta no es quién tiene la bandera correcta.

La pregunta es qué instrumentos concretos pueden salvar vidas, cortar las rutas del narcotráfico, perseguir el dinero del crimen organizado, combatir el tráfico de armas y proteger a las comunidades.

El crimen organizado ya se globalizó.

La cooperación internacional también tendrá que hacerlo.

La soberanía es un derecho de los Estados. La seguridad de los ciudadanos es un deber de los gobiernos. Una cosa no debería utilizarse como excusa para abandonar la otra.


El mundo, bajo amenaza del crimen organizado trasnacional


Porque frente al crimen organizado, la ideología no puede estar por encima de la vida humana.

2026/09/22

Kast Ante La ONU: Cuando El Discurso Presidencial Debe Enfrentar La Realidad De Chile

Por: Rodolfo Varela

El Presidente de Chile, José Antonio Kast, habló ante la 81.ª Asamblea General de las Naciones Unidas y presentó ante la comunidad internacional su visión sobre el presente y el futuro de nuestro país.



El presidente de Chile, José Antonio Kast, generó una fuerte controversia durante su primer discurso ante la Asamblea General de las Naciones Unidas (ONU).



Su mensaje estuvo marcado por conceptos como seguridad, inversión, crecimiento y recuperación.

Uno de los conceptos centrales de su intervención fue que “Chile está de vuelta”.

Como ciudadano chileno, creo que nadie debería oponerse a que Chile vuelva a crecer, genere empleo, atraiga inversiones, recupere la seguridad y entregue mejores condiciones de vida a sus habitantes.

Pero existe una obligación que está por encima de cualquier gobierno: la obligación de hablarle con honestidad al país y también al mundo.


La pobreza en Chile habría vuelto a subir en 2026



Y aquí comienza mi preocupación.

¿DISCURSO POLÍTICO O REALIDAD COMPROBABLE?



Un Presidente tiene todo el derecho de defender su gestión.

Pero cuando habla ante las Naciones Unidas no está hablando solamente ante sus partidarios ni ante la oposición chilena.

Está hablando ante el mundo.

Por eso sus afirmaciones deben poder ser contrastadas con información pública, estadísticas oficiales y hechos verificables.

Y hoy eso es más fácil que nunca.

Vivimos en una época en que una declaración pronunciada en Nueva York puede ser conocida en Santiago, Valparaíso, Antofagasta, Punta Arenas o en cualquier parte del mundo prácticamente en el mismo instante.

Las comunicaciones cambiaron.

Internet cambió.

La información ya no puede ser controlada como en otras épocas.

Las palabras quedan registradas y los datos están disponibles.

Por eso, los discursos presidenciales también deben someterse al examen de la realidad.



La comunicación en tiempo real


“CHILE ESTÁ DE VUELTA”


El Presidente Kast afirmó ante la ONU que “Chile está de vuelta” y presentó a nuestro país como una nación que comienza a recuperar su camino hacia el crecimiento y el desarrollo.

Pero existe un detalle que resulta imposible ignorar.

El propio Presidente reconoció ante la Asamblea General que la economía todavía no despega y que el desempleo continúa siendo alto.

Entonces aparece una pregunta legítima:

¿Chile ya está de vuelta o todavía está intentando regresar?

No es una pregunta partidista.

Es una pregunta que debe responderse con cifras.

El Instituto Nacional de Estadísticas informó que la tasa de desocupación llegó al 9,5% durante el trimestre mayo-julio de 2026.

Y el Banco Central, en su informe de septiembre, redujo sus perspectivas de crecimiento económico para 2026.

Estos datos no significan que Chile esté condenado al fracaso.

Tampoco significan que todas las políticas del actual Gobierno sean equivocadas.

Significan algo mucho más sencillo:

la realidad económica todavía presenta dificultades importantes.

Y reconocerlas no es atacar a Chile.

Al contrario.

Es respetar a los chilenos.


Hombres y mujeres asisten a una feria laboral en busca de empleo en Pudahuel, Santiago, en julio de 2026.

 

LA INVERSIÓN NO COMENZÓ EL DÍA EN QUE ASUMIÓ UN PRESIDENTE

Otro aspecto del discurso merece una reflexión.

Existen inversiones y proyectos que efectivamente se están desarrollando en Chile.

Eso debe reconocerse.

Pero también debemos recordar que las grandes inversiones no aparecen de un día para otro.

Un proyecto puede necesitar años de estudios, permisos, financiamiento, decisiones empresariales, infraestructura y planificación.

Por eso, ningún Gobierno debería apropiarse automáticamente de todos los resultados positivos de la economía producidos durante su administración.

Del mismo modo, tampoco corresponde atribuirle automáticamente todos los problemas.

La economía de un país tiene memoria.

Los gobiernos pasan.

Los proyectos continúan.

Las instituciones permanecen.

Y las inversiones muchas veces atraviesan diferentes administraciones.

Por eso, cuando se habla de “volver a la confianza”, corresponde preguntar:

¿Qué parte de ese resultado pertenece a las decisiones de los últimos seis meses y qué parte corresponde a procesos iniciados mucho antes?

Es una pregunta legítima.


La inseguridad se ha convertido en una de las mayores preocupaciones de la población chilena.



SEGURIDAD: AVANZAR NO SIGNIFICA HABER RESUELTO EL PROBLEMA


La seguridad constituye otra de las grandes banderas del Gobierno de Kast.

Y nadie puede negar que la delincuencia y el crimen organizado constituyen una preocupación real para millones de chilenos.

El Gobierno ha implementado y anunciado diversas medidas destinadas a fortalecer el control fronterizo, enfrentar el crimen organizado y recuperar espacios públicos.

Todo eso puede y debe ser evaluado.

Pero una cosa es implementar políticas de seguridad.

Otra muy distinta es presentar la recuperación del orden como si el problema estuviera definitivamente solucionado.

Chile todavía enfrenta homicidios, narcotráfico, tráfico de armas, crimen organizado y problemas de seguridad que preocupan diariamente a la ciudadanía.

Por eso, cualquier reducción de determinados delitos debe ser reconocida.

Pero también deben reconocerse aquellos indicadores que continúan siendo preocupantes.

Gobernar no consiste en escoger solamente las cifras favorables.

Gobernar consiste en mirar todas las cifras.


EL PROBLEMA DE LAS VERDADES A MEDIAS


Y aquí llegamos al punto que considero más importante.

Una mentira no siempre consiste en inventar completamente un hecho.

También puede existir una distorsión cuando se seleccionan solamente aquellos datos que favorecen un determinado relato y se dejan fuera aquellos que muestran una realidad más compleja.

Por eso debemos ser extremadamente cuidadosos.

Esto vale para Kast.

Pero también valía para Boric.

Valía para Piñera.

Valía para Bachelet.

Y debe valer para cualquier futuro Presidente de Chile.

La verdad no cambia porque cambie el color político del Gobierno.


El problema de la verdad en política



LA AUTOCRÍTICA TAMBIÉN ES PARTE DE GOBERNAR


Hace pocas semanas, al ser consultado sobre cuál había sido su principal error durante sus primeros seis meses de Gobierno, el Presidente Kast respondió que no sabía señalar cuál había sido el mayor error y que tendría que pensarlo para establecer una jerarquía.

No considero que esa respuesta sea, por sí sola, una prueba de fracaso.

Pero sí plantea una reflexión.

Un Gobierno que exige confianza a los ciudadanos también debe demostrar capacidad para reconocer sus errores.

Porque ningún Gobierno es perfecto.

Ningún Presidente tiene siempre la razón.

Y ningún proyecto político puede confundirse con la verdad absoluta.

La autocrítica no debilita una democracia.

La fortalece.


CHILE NO ES UN GOBIERNO


Hay algo que algunos políticos parecen olvidar.

Chile no es Kast.

Pero tampoco fue Boric.

Chile no fue Piñera.

Chile no fue Bachelet.

Chile es mucho más grande que cualquier Presidente.

Chile son sus trabajadores.

Sus jubilados.

Sus estudiantes.

Sus empresarios.

Sus pobladores.

Sus profesionales.

Sus agricultores.

Sus pescadores.

Sus pueblos originarios.

Sus niños.

Sus adultos mayores.

Sus millones de ciudadanos que todos los días levantan este país.

Por eso, cuando un Presidente habla ante el mundo, debe recordar que está representando a una nación completa.

No solamente a quienes votaron por él.


LA INFORMACIÓN YA NO TIENE FRONTERAS


Durante décadas, los gobiernos podían construir relatos que demoraban años en ser contrastados.

Hoy es diferente.

Una declaración presidencial puede ser grabada, difundida, archivada y comparada con las estadísticas oficiales en cuestión de minutos.

La ciudadanía puede acceder a los datos.

Los periodistas pueden investigar.

Los especialistas pueden analizar.

Y cualquier ciudadano puede preguntar.

Por eso, la política moderna necesita algo que no se puede reemplazar con propaganda:

credibilidad.

Y la credibilidad no se exige.

Se construye.

El "micrófono de la verdad" contra las "fake news"



NO ES DERECHA NI IZQUIERDA: ES HONESTIDAD


Como hombre que ha vivido buena parte de la historia política contemporánea de Chile, aprendí algo que considero fundamental:

No debemos entregar nuestra conciencia política a ningún partido.

No debemos convertir a ningún Presidente en dueño de la verdad.

Y tampoco debemos aceptar que alguien pretenda convencernos de que cuestionar al Gobierno significa estar contra Chile.

Criticar al Gobierno no es criticar a Chile.

Exigir transparencia no es ser enemigo de Chile.

Preguntar por las cifras no es ser enemigo de Chile.

Contrastar un discurso con los hechos no es ser enemigo de Chile.

Al contrario.

Es una forma de defender nuestra democracia.

Por eso, ante el discurso del Presidente Kast en Naciones Unidas, mi pregunta no es si debemos creerle a la derecha o a la izquierda.





Mi pregunta es mucho más sencilla:

¿Qué dicen los hechos?

Porque Chile no necesita gobiernos que solamente sepan construir buenos discursos.

Chile necesita gobiernos capaces de enfrentar la realidad, reconocer sus dificultades, mostrar sus resultados y asumir también sus errores.

Y eso vale para todos.

No es derecha.

No es izquierda.

Es honestidad.


Porque cuando se habla en nombre de Chile ante el mundo, la verdad no puede ser una cuestión de conveniencia política.

La verdad debe ser un compromiso con los ciudadanos.

Por: Rodolfo Varela

Blog de Rodolfo Varela — Directo al Punto

#Chile #ONU #JoséAntonioKast #Democracia #Transparencia #Economía #Seguridad #Verdad #Honestidad #ChileEstáDeVuelta




2026/09/15

Chile, Cansado De Promesas

De la decepción de la izquierda a la desilusión con la derecha


Las grandes decepciones: como los gobiernos de izquierda y de derecha.


Por: Rodolfo Varela

Hay momentos en la historia de un país en que las encuestas dejan de ser solamente números y comienzan a convertirse en una señal de cansancio social.


Chile parece estar viviendo uno de esos momentos.

La reciente encuesta Cadem sobre los primeros seis meses del Gobierno de José Antonio Kast entrega cifras que deberían preocupar a La Moneda: 62% de los consultados considera que el Gobierno ha sido peor de lo esperado y la evaluación promedio alcanza apenas un 3,4. La desaprobación del Presidente llega al 62%, mientras la aprobación se sitúa en 34%.

Pero sería demasiado fácil —y políticamente cómodo— interpretar estos resultados solamente como un fracaso de la derecha.

El problema de Chile es mucho más profundo.

La pregunta que debemos hacernos es otra:

¿Por qué tantos chilenos han perdido la confianza en la política, independientemente del color del Gobierno de turno?

Durante décadas, la izquierda y la centroizquierda gobernaron Chile y prometieron transformaciones sociales, mayor igualdad, mejores pensiones, salud digna, educación de calidad y oportunidades para quienes habían quedado al margen del desarrollo.



Desde el retorno a la democracia en 1990, ¿cuál ha sido, en su opinión, la evaluación de estos gobiernos?



Algunas reformas importantes se hicieron. Sería injusto negarlo.

Pero también sería injusto negar que muchas promesas quedaron inconclusas y que millones de chilenos continuaron esperando soluciones que nunca llegaron a la profundidad necesaria.

Después vino la derecha con otro discurso.

Orden.

Seguridad.

Crecimiento.

Empleo.

Menos burocracia.

Un Estado más eficiente.

Una nueva oportunidad para Chile.

Y una parte importante de la ciudadanía decidió creer nuevamente.

No necesariamente porque se hubiera convertido en gente de derecha.

Muchos simplemente estaban cansados de esperar.

Cansados de la delincuencia.

Cansados de las listas de espera.

Cansados de las pensiones insuficientes.

Cansados de la precariedad laboral.

Cansados de los altos costos de la vida.

Cansados de escuchar promesas electorales que después se transformaban en explicaciones, excusas o enfrentamientos políticos.

Y entonces votaron por una alternativa diferente.

Pero seis meses después, la propia encuesta Cadem muestra que la decepción comienza a aparecer.

Y aquí debemos ser justos:

Kast no puede ser responsabilizado por todos los problemas históricos de Chile.

Pero tampoco puede gobernar permanentemente mirando hacia atrás.

Un Gobierno tiene derecho a explicar la herencia que recibe.

Lo que no puede hacer es convertir esa explicación en una respuesta permanente para justificar aquello que no logra solucionar.

Porque ahora gobierna la derecha.

Y gobernar significa hacerse responsable.

La misma ciudadanía que castigó a gobiernos de izquierda y centroizquierda por no cumplir sus promesas también tiene derecho a exigirle resultados al Gobierno de derecha.


El gobierno de Patricio Aylwin, en Chile estuvo marcado por la famosa máxima de la "justicia en la medida de lo posible".



Eso se llama democracia.

EL CHILENO NO COME IDEOLOGÍA

Hay un dato de Cadem que considero especialmente importante.

El 79% de los encuestados señala que la prioridad del Gobierno debe ser la economía y el empleo, muy por encima de seguridad, delincuencia y narcotráfico, que aparecen con 33%.

Esto debería hacer reflexionar a toda la clase política.

Porque la seguridad importa.

Por supuesto que importa.

Pero una sociedad no vive solamente de policías, cárceles y fronteras.

También necesita trabajo.

Necesita empresas que produzcan.

Necesita inversión.

Necesita industria.

Necesita innovación.

Necesita educación.

Necesita salud.

Necesita oportunidades para sus jóvenes.

Necesita que una persona pueda trabajar toda una vida sin llegar a la vejez preguntándose cómo va a sobrevivir con su pensión.

El ciudadano común no come ideología.

Come cuando tiene trabajo.

Se atiende cuando tiene acceso a salud.

Estudia cuando existe una educación que le abre oportunidades.

Vive dignamente cuando sus ingresos alcanzan para llegar a fin de mes.

Y duerme tranquilo cuando sabe que sus hijos tendrán un futuro mejor que el suyo.

Eso es lo que debería medir cualquier Gobierno.


Promesas electorales incumplidas del gobierno Frei, democratización total y reformas constitucionales.



LA DEUDA QUE CHILE TODAVÍA NO PAGA

Y existe otra deuda que no puede desaparecer de la discusión nacional.

La deuda con las víctimas de la dictadura.

Durante décadas, Chile ha hablado de reconciliación, democracia y futuro.

Pero todavía existen familias buscando a sus desaparecidos.

Todavía existen sobrevivientes esperando verdad, justicia y reparación.

Todavía existen víctimas que sienten que el Estado les ha entregado respuestas insuficientes.

Y ahora, cuando el Gobierno decide que el 11 de septiembre debe pasar sin un acto oficial, bajo el argumento de mirar hacia el futuro, surge una pregunta inevitable:

¿Cómo se puede construir un futuro democrático si todavía existen heridas que el Estado no ha cerrado?

Mirar hacia adelante no significa borrar el pasado.

Recordar no significa vivir en el pasado.

Significa aprender de él.

Yo lo digo desde mi propia experiencia.

El 11 de septiembre de 1973 no es para mí una fecha del calendario.

Es parte de mi vida.

Yo estaba trabajando en Radio Corporación de Chile cuando nuestra democracia fue destruida. Estaba allí junto a colegas como Sergio Campos, Miguel Ángel San Martín y Luis Hernán Schwaner, bajo la dirección de Erich Schnake.

Lo que ocurrió después cambió nuestras vidas para siempre.

Por eso no acepto que la memoria sea utilizada solamente cuando conviene políticamente.

La memoria debe ser patrimonio de Chile.

De la izquierda.

Del centro.

De la derecha.

De quienes nacieron después.

De quienes piensan distinto.

Porque una democracia madura no tiene miedo de mirar su propia historia.


Reforma del sistema de previsión social y salud: no realizada.




NO SE TRATA DE DERECHA O IZQUIERDA

Yo no escribo estas líneas para defender a la izquierda.

Tampoco para atacar a la derecha.

He sido crítico de unos y de otros.

Y seguiré siéndolo.

Porque Chile necesita algo mucho más difícil que cambiar de gobierno:

necesita cambiar la manera de gobernar.

Necesita políticos capaces de reconocer sus errores.

Necesita menos propaganda y más resultados.

Menos peleas ideológicas y más soluciones.

Menos promesas y más cumplimiento.

Chile no puede seguir siendo un país donde cada cuatro años se le pide al ciudadano que vuelva a tener esperanza, para después explicarle por qué esa esperanza tendrá que esperar nuevamente.

La encuesta Cadem demuestra que la decepción con el Gobierno actual ya es significativa. Pero esa decepción no pertenece exclusivamente a la derecha.

Es también el resultado acumulado de años de frustraciones.

La izquierda tuvo su oportunidad.

La centroizquierda tuvo la suya.

La derecha también la está teniendo.

Y ninguna puede pedirle eternamente paciencia al pueblo chileno.

Porque el pueblo ya esperó demasiado.

Esperó por pensiones dignas.

Esperó por salud.

Esperó por educación.

Esperó por seguridad.

Esperó por empleos dignos.

Esperó por una economía que produzca oportunidades y no solamente cifras macroeconómicas.

Esperó por justicia.

Esperó por verdad.

Esperó por reparación.

Y también esperó que la democracia significara algo más que votar cada cuatro años.

Los gobiernos de Bachelet: escándalo, corrupción y baja popularidad.



EL VERDADERO DESAFÍO


El desafío de Chile no es demostrar si la derecha puede derrotar a la izquierda o si la izquierda puede volver a derrotar a la derecha.

Ese es el juego de los partidos.

El verdadero desafío es saber si la política chilena puede volver a recuperar la confianza de una ciudadanía cansada.

Porque cuando una persona vota por un candidato esperando un cambio y seis meses después considera que ese Gobierno es peor de lo que esperaba, como muestra la encuesta Cadem, no necesariamente está cambiando de ideología.

Puede estar diciendo algo mucho más profundo:


Gobiernos de Sebastián Piñera, el caso Dominga y los Pandora Papers.



“Estoy cansado de que me prometan y no me cumplan.”

Y ese mensaje debería ser escuchado por todos.

Por Kast.

Por la derecha.

Por la izquierda.

Por la centroizquierda.

Por el Congreso.

Por los empresarios.

Por los sindicatos.

Y por toda la clase política.

Porque Chile no necesita otra guerra entre ideologías.

Chile necesita resultados.

Necesita un proyecto nacional de largo plazo.

Necesita recuperar la capacidad de producir, invertir, crear empleos y formar trabajadores para el futuro.

Necesita fortalecer la salud y la educación pública.

Necesita pensiones dignas.

Necesita seguridad, pero también oportunidades.

Y necesita entender que la democracia no termina cuando se cuentan los votos.

La democracia comienza realmente cuando el ciudadano puede vivir con dignidad.

Por eso, más que preguntarnos si Kast lo está haciendo mejor o peor que Boric, Bachelet, Piñera o cualquier otro Presidente, deberíamos hacernos una pregunta mucho más incómoda:


Gabriel Boric: lo que no cumplió, nueva Constitución, condonación del CAE, reformas estructurales profundas, crecimiento económico y orden público.



¿Cuántos gobiernos más tendrán que pasar antes de que Chile deje de vivir de promesas y comience a vivir de resultados?

Esa es la verdadera pregunta.

Y esa respuesta todavía está pendiente.

Por Rodolfo Varela
Locutor profesional, publicista y director de radio y televisión
Sobreviviente de la represión, ex preso político y exonerado político.


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2026/09/14

El entramado civil, militar y extranjero en el golpe de 1973: traición, intervención y la deuda histórica de Chile

Por: Rodolfo Varela


El 11 de septiembre de 1973 no fue simplemente una operación militar aislada.

Fue el resultado de una profunda crisis política y social, de una conspiración militar, de la intervención extranjera, de la acción de sectores civiles y empresariales, de la polarización política y de una cadena de decisiones que terminó destruyendo la democracia chilena e instalando una dictadura que durante 17 años dejó miles de víctimas de prisión política, tortura, ejecución, desaparición forzada y exilio.



Allende. 53 años del golpe en Chile



Cincuenta y tres años después, Chile continúa enfrentando las consecuencias de aquel quiebre.


Y existe una pregunta que sigue siendo inevitable:

¿Quiénes participaron, quiénes se beneficiaron y quiénes todavía tienen una deuda con las víctimas?

1. La traición militar: Pinochet y el quiebre de la confianza presidencial



Uno de los aspectos más dramáticos del golpe fue la traición de Augusto Pinochet a la confianza depositada en él por el Presidente Salvador Allende.

Pinochet había asumido como Comandante en Jefe del Ejército el 23 de agosto de 1973, después de la salida del general Carlos Prats. Menos de tres semanas después, encabezaría junto a los demás comandantes de las Fuerzas Armadas el golpe de Estado que terminó con el Gobierno constitucional.



“Es necesario subrayar que el golpe de Estado en Chile fue ejecutado por los militares chilenos, sí, pero con el apoyo ideológico y económico del gobierno estadunidense.”


El 11 de septiembre, mientras el país se encontraba bajo una operación militar coordinada, el Presidente Allende intentaba conocer la posición de los mandos militares y defender el orden constitucional.

Yo estaba trabajando en Radio Corporación de Chile aquel día.

Junto a mis compañeros Sergio Campos, Miguel Ángel San Martín y Luis Hernán Schwaner, bajo la dirección de Erich Schnake, vivimos desde la radio el avance de los acontecimientos y el ataque contra la democracia chilena.

Radio Corporación transmitió aquel día hasta que fue silenciada. El propio Archivo Sonoro del Museo de la Memoria conserva registros de aquella transmisión.

Por eso, cuando hablo del 11 de septiembre, no hablo solamente como observador de la historia.


Hablo como alguien que estuvo allí.


2. Estados Unidos y la intervención extranjera


La participación estadounidense en la desestabilización del Gobierno de Salvador Allende ya no pertenece al terreno de las especulaciones.

Los documentos desclasificados del propio Gobierno de Estados Unidos muestran que la Administración de Richard Nixon buscó impedir la llegada de Allende a la Presidencia y posteriormente desarrolló operaciones destinadas a debilitar a su Gobierno.

Un memorando de la CIA del 15 de septiembre de 1970 registra las instrucciones de Nixon de “hacer crujir” la economía chilena y de impedir la investidura de Allende.   


A 53 años de aquella fatídica fecha, conviene exponer lo que EE.UU. y sus socios locales e internacionales emprendieron para "hacer gritar" a la economía chilena.


Otro documento oficial estadounidense señala que, desde 1971, el Comité de los 40 había aprobado más de seis millones de dólares para partidos políticos, medios de comunicación y organizaciones privadas contrarias al Gobierno de Allende. El mismo documento reconoce que las huelgas del sector privado desempeñaron un papel importante en la crisis que precedió al golpe.

También existen documentos que muestran que Washington seguía de cerca los preparativos de un eventual golpe militar durante 1973.

Entre los medios que recibieron apoyo estadounidense estuvo El Mercurio, cuya relación financiera con la CIA también aparece documentada en archivos desclasificados.

Esto no significa borrar las responsabilidades internas chilenas.

Al contrario.

La intervención extranjera y la responsabilidad de los actores civiles y militares chilenos pueden coexistir.

Una cosa no elimina la otra.

3. El poder civil, empresarial y la crisis económica

El golpe tampoco puede comprenderse únicamente desde los cuarteles.

Chile vivía una profunda confrontación política, económica y social. Existieron huelgas, desabastecimiento, conflictos empresariales y una creciente polarización que debilitó las posibilidades de convivencia democrática.

Sectores empresariales y organizaciones gremiales participaron activamente en la oposición al Gobierno de la Unidad Popular.



Pero es importante distinguir entre responsabilidades colectivas y responsabilidades individuales.

No todos los empresarios, agricultores, profesionales o civiles participaron de la conspiración.

Sin embargo, sí existieron sectores organizados que contribuyeron a crear las condiciones de ingobernabilidad que terminaron favoreciendo el golpe.

En paralelo, un grupo de economistas vinculados posteriormente a la dictadura desarrolló El Ladrillo, documento que se transformaría en una de las bases del programa económico aplicado después del golpe.


La historia, por lo tanto, no puede reducirse a militares contra civiles.


Fue un entramado mucho más complejo.


4. El Poder Judicial y la deuda con las víctimas


Uno de los capítulos más dolorosos de nuestra historia fue la respuesta de las instituciones judiciales durante la dictadura.

Familiares de detenidos desaparecidos y presos políticos acudieron reiteradamente a los tribunales buscando protección y justicia.


La Corte Suprema chilena reconoce su omisión durante la dictadura militar.


En demasiados casos, los recursos de amparo fueron rechazados o no produjeron la protección efectiva que las víctimas necesitaban.

La democracia posterior debió enfrentar una enorme deuda institucional.

Porque la justicia no consiste solamente en castigar a quienes cometieron delitos.

También consiste en haber protegido oportunamente a quienes estaban siendo perseguidos.

5. El saqueo y el Caso Riggs


La imagen de una dictadura que decía actuar en nombre del orden, la austeridad y la defensa de la patria quedó profundamente cuestionada por los antecedentes descubiertos en el Caso Riggs.

Las investigaciones sobre las cuentas secretas de Augusto Pinochet revelaron la existencia de una importante fortuna mantenida fuera del sistema financiero chileno y movimientos patrimoniales cuya procedencia fue objeto de investigación judicial.


Herederos del dictador Pinochet, deberán devolver 16 millones de dólares obtenidos tras malversación de fondos públicos.



La corrupción tampoco tiene ideología.

Y quienes gobernaron Chile durante 17 años no pueden exigir que la sociedad olvide las violaciones de derechos humanos mientras se silencian o minimizan los abusos cometidos desde el propio aparato estatal.


6. Los niños separados de sus familias y la pérdida de identidad


Existe además otra deuda que Chile todavía no ha conseguido resolver completamente: las adopciones e inscripciones irregulares de menores.


Los bebés robados de la dictadura chilena



Durante décadas, numerosas familias denunciaron que niños fueron separados de sus madres y posteriormente entregados en adopción mediante procedimientos irregulares, engaños o falsificaciones.

La propia Cámara de Diputadas y Diputados creó una Comisión Especial Investigadora sobre eventuales irregularidades en procesos de adopción, inscripción de menores y control de su salida del país.

Posteriormente, la Cámara aprobó una resolución solicitando la creación de una Comisión de Verdad, Justicia y Reparación para las familias afectadas por adopciones irregulares.

Aquí también existe una deuda con la verdad.

Porque perder la identidad no significa solamente desconocer un nombre.

Significa crecer sin saber quiénes fueron nuestros padres, de dónde venimos y por qué nuestra propia historia fue arrancada de nuestras manos.

7. Y hoy: ¿qué significa mirar hacia el futuro?


Aquí llegamos al presente.

En 2026, Chile conmemora 53 años del golpe de Estado.

Sin embargo, el Gobierno del Presidente José Antonio Kast decidió no realizar un acto oficial de conmemoración el 11 de septiembre.

El Ejecutivo justificó la decisión señalando que su deber era mirar hacia los próximos 50 años.

Yo pregunto:

¿Desde cuándo recordar significa quedarse en el pasado?

Mirar hacia el futuro no exige borrar el pasado.

Al contrario.


Una sociedad madura puede mirar hacia adelante precisamente porque es capaz de mirar de frente aquello que ocurrió.


"No voy a pedir a los chilenos quedarse anclados en el pasado"




El Estado chileno puede cambiar de gobierno.

Puede cambiar de Presidente.

Puede cambiar de orientación política.

Pero las víctimas continúan siendo víctimas.

Los detenidos desaparecidos continúan desaparecidos.

Las familias que todavía buscan respuestas continúan buscando.

Los sobrevivientes de la prisión política y la tortura continúan viviendo con las consecuencias de aquello que les ocurrió.

Y muchos de ellos siguen esperando una reparación que esté a la altura del daño sufrido.

Por eso, la ausencia de una conmemoración oficial en 2026 no debería ser considerada simplemente una cuestión de agenda.


Es una decisión política.

Y como toda decisión política, merece ser discutida públicamente.

Un Presidente de la República no gobierna solamente para quienes votaron por él.

Gobierna para todos los chilenos.

También para quienes fueron perseguidos por el Estado.

También para quienes fueron torturados.

También para quienes perdieron a sus padres, madres, hijos, hermanos y compañeros.

También para quienes tuvieron que abandonar Chile.

Y también para quienes todavía buscan a un familiar desaparecido.



8. La memoria no pertenece a la izquierda ni a la derecha


La memoria histórica no es patrimonio de un partido político.

No pertenece exclusivamente a la izquierda.

Tampoco pertenece a la derecha.


Pertenece a Chile.


Recordar el golpe de Estado no significa justificar todos los errores del Gobierno de Salvador Allende.

Tampoco significa negar la profunda crisis política, económica y social que vivía el país.


Miguel Krassnoff, Ex militar que secuestró y torturó a mujer embarazada.


Significa reconocer que ninguna crisis puede justificar la destrucción de la democracia, la tortura, las ejecuciones, las desapariciones forzadas ni la persecución política.

La democracia tiene errores.

La democracia puede corregirse.

La democracia puede perder elecciones y recuperarlas.

Lo que no puede aceptarse como solución democrática es eliminarla.


9. La deuda histórica permanece


Chile no podrá construir una verdadera reconciliación mientras la memoria sea utilizada como arma electoral o mientras las víctimas sean recordadas solamente cuando conviene políticamente.

La reconciliación no puede significar impunidad.

El perdón no puede ser una obligación impuesta a las víctimas.

Y pasar la página no puede significar arrancarla del libro de nuestra historia.

Yo sobreviví a la prisión política y a la tortura.

Fui exonerado político.

Tuve que abandonar mi país.

Pero nunca abandoné la memoria.

Y después de 53 años sigo creyendo que Chile merece una democracia capaz de mirar hacia el futuro sin avergonzarse de mirar hacia atrás.

Porque un país que conoce su historia puede evitar repetirla.

Un país que honra a sus víctimas fortalece su democracia.

Y un Estado que recuerda a quienes sufrieron demuestra que la vida y la dignidad humana están por encima de cualquier gobierno.


Asesinos y torturadores: los diez agentes de la dictadura de Pinochet que cometieron crímenes sobrecogedores



La memoria no es una cadena que nos ata al pasado.

La memoria es una luz que nos impide caminar nuevamente hacia el mismo abismo.


Por: Rodolfo Varela
Sobreviviente de la represión, ex preso político y exonerado político.
Blog de Rodolfo Varela — Directo al Punto

2026/09/12

La memoria no se decreta: una respuesta desde la sobrevivencia al negacionismo fiscal



Por: Rodolfo Varela
Sobreviviente de la represión, ex preso político y víctima de tortura

A 53 años del quiebre democrático que cambió para siempre la historia de Chile, el dolor de las ausencias continúa vivo y la búsqueda de verdad, justicia y reparación sigue siendo una deuda pendiente del Estado.


Eleito presidente do Chile Salvador Allende



Por eso resulta profundamente doloroso constatar que las máximas autoridades de la nación hayan decidido prescindir de un acto oficial de Gobierno este 11 de septiembre, una decisión inédita desde el retorno a la democracia. El presidente José Antonio Kast optó por mantener su agenda en terreno y no realizar una ceremonia institucional para recordar esta fecha.


No se trata simplemente de un cambio de agenda. Cuando el Estado decide no estar presente institucionalmente en una fecha que marcó a generaciones de chilenos, esa ausencia también tiene un significado político y simbólico.


La memoria no puede depender de la conveniencia del gobierno de turno.



Al ser emplazado respecto de esta decisión, el mandatario ha insistido en que Chile debe mirar hacia el futuro y no quedarse anclado en el pasado. Estoy de acuerdo en que debemos construir el futuro. Pero existe una pregunta que quienes sobrevivimos a aquella época tenemos todo el derecho a formular:


Un país que recuerda Contruye Su Futuro Con Memoria y Dignidad



¿Cómo podemos mirar hacia adelante si todavía existen familias que buscan a sus desaparecidos, víctimas que esperan justicia y sobrevivientes que continúan luchando por una reparación digna?

No se puede construir un futuro democrático borrando las heridas que todavía permanecen abiertas.

Y aquí aparece otra forma de violencia que pocas veces se menciona: el abandono económico de las víctimas.



La mayoría de los sobrevivientes de la represión ya somos adultos mayores. Yo tengo 76 años. Muchos hemos llegado a esta etapa de nuestras vidas después de décadas cargando las consecuencias físicas, psicológicas, familiares y económicas de aquello que vivimos.


Sobrevivientes del mayor centro de tortura de Chile en la dictadura: “Siempre evité volver”



Las pensiones de reparación que recibimos, según la situación individual y el beneficio correspondiente, se encuentran muy por debajo de lo que una persona necesita para vivir dignamente. Mientras tanto, el ingreso mínimo mensual para los trabajadores de 18 a 65 años alcanza actualmente los $553.553 pesos.


Entonces pregunto, sin importar si quien gobierna es de derecha, de centro o de izquierda:


¿Puede una persona vivir dignamente hoy con una reparación económica que apenas alcanza para cubrir las necesidades básicas?




Yo tengo 76 años. ¿Pretenden que a esta edad vuelva al mercado laboral para poder sobrevivir? ¿Acaso creen que quienes fuimos perseguidos, encarcelados, torturados y expulsados de nuestro propio país no tenemos derecho a llegar a la vejez con dignidad?



La reparación no puede reducirse a una cifra depositada cada mes.


Reparar significa reconocer, dignificar y permitir que quienes sobrevivimos podamos vivir nuestros últimos años con un mínimo de tranquilidad y respeto.


A 53 años del golpe de Estado de 1973, familiares, sobrevivientes y agrupaciones de derechos humanos se reunieron frente al Cementerio Municipal de Coyhaique.



Por eso sostengo que el abandono económico también puede convertirse en una forma de violencia institucional.



Y cuando se pretende que las víctimas olvidemos mientras nuestras necesidades continúan sin resolverse, el problema deja de ser solamente económico: también se transforma en un problema de memoria, de dignidad y de justicia.



¿Cómo se le pide olvidar a un país que todavía busca a sus desaparecidos?

¿Cómo se pretende guardar silencio frente a miles de asesinatos, ejecuciones, desapariciones forzadas, prisión política, torturas y otras graves violaciones a los derechos humanos?

¿Cómo se puede pedir que cerremos una página de la historia mientras todavía existen familias intentando reconstruir qué ocurrió con sus seres queridos?


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Y tampoco podemos olvidar a los niños y niñas que fueron separados de sus familias y que, según numerosas investigaciones y testimonios, fueron víctimas de adopciones irregulares o ilegales.




Todo aquello ocurrió.


No es una disputa entre izquierda y derecha.

No es una batalla entre generaciones.

No es una discusión académica.


Es parte de la historia de Chile.

Los derechos humanos no tienen color político.

La verdad tampoco.,


Por eso quiero decirlo con absoluta claridad: la memoria no pertenece a ningún partido político. Pertenece a Chile.




No escribo estas palabras para alimentar odio ni para mantener abiertas las heridas por interés político. Escribo porque fui parte de esa historia. Estuve detenido. Fui torturado. Fui víctima de la represión y tuve que abandonar mi país.




Y como yo, miles de compatriotas tuvieron que reconstruir sus vidas lejos de Chile.

No pedimos privilegios.

Pedimos que el Estado cumpla con su deber.

No pedimos que nuestros hijos y nietos vivan mirando hacia 1973.

Pedimos que puedan mirar hacia el futuro sabiendo que en Chile nunca más un gobierno podrá perseguir, torturar, desaparecer o asesinar a sus propios ciudadanos por sus ideas.

Eso es democracia.

Conmemorar el 11 de septiembre no significa celebrar una tragedia.

Significa recordar para impedir que vuelva a ocurrir.

La memoria no es vivir en el pasado. La memoria es una herramienta para proteger el futuro.

Por eso, cuando una autoridad dice que debemos mirar hacia adelante, mi respuesta como sobreviviente es sencilla:

Sí. Miremos hacia adelante. Pero hagámoslo con los ojos abiertos y sin borrar nuestra historia.

Porque una democracia madura no teme recordar sus errores.

Los enfrenta.

Los reconoce.

Los enseña.

Y garantiza que nunca vuelvan a repetirse.


Asesinos y torturadores: los diez agentes de la dictadura de Pinochet que cometieron crímenes sobrecogedores


El Estado de Chile tiene un deber ético y permanente con las víctimas, que no termina cuando cambia un gobierno ni cuando desaparece una generación de testigos. La obligación de preservar la verdad histórica pertenece a todos los gobiernos y a toda la sociedad.

Frente al silencio, nosotros tenemos memoria.

Frente al olvido, tenemos testimonios.

Frente a la indiferencia, tenemos dignidad.

Y frente a quienes pretenden cerrar esta historia por decreto, tenemos una respuesta que nadie puede quitarnos:

La memoria no se decreta.

La verdad no prescribe.

La dignidad no se negocia.

Sin perdón ni olvido, por la verdad, la justicia, la reparación y la dignidad de Chile.