Chile vuelve a estar en el centro de una disputa geopolítica global.
Y nuevamente, las decisiones soberanas de nuestro país incomodan a una potencia extranjera.
La controversia por el cable submarino entre Valparaíso y Hong Kong, impulsado por China Mobile International, no es simplemente una discusión técnica. Es un conflicto estratégico.
Y la reacción de Washington —con restricciones de visado a autoridades chilenas— envía un mensaje político claro: cuando los intereses de Estados Unidos se sienten amenazados, la presión comienza.
La historia que no podemos olvidar
Durante el gobierno de Salvador Allende, documentos desclasificados demostraron que la administración de Richard Nixon y la Central Intelligence Agency trabajaron activamente para desestabilizar el proceso político chileno.
El propio Nixon instruyó “hacer gritar la economía chilena”.
No es teoría.
Es historia documentada.
Y aunque hoy no estamos en 1973, la lógica de la presión estratégica sobre un país pequeño que toma decisiones autónomas parece repetirse bajo nuevas formas.
El nuevo campo de batalla: los datos
Si en el siglo XX la disputa era por el cobre, hoy es por los datos.
El cable permitiría conectar Sudamérica directamente con Asia, evitando rutas dominadas por infraestructura bajo influencia estadounidense.
Para Washington, eso puede significar pérdida de control estratégico.
Para Chile, puede significar:
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Diversificación tecnológica
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Mayor autonomía digital
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Competencia en costos y servicios
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Inserción directa en el eje Asia-Pacífico
Entonces surge la pregunta incómoda:
¿Tiene Chile derecho a diversificar sus alianzas tecnológicas sin sufrir represalias diplomáticas?
Seguridad regional… ¿o control geopolítico?
Estados Unidos argumenta que el proyecto podría afectar la “seguridad regional” y las “infraestructuras críticas”.
Pero esa narrativa debe analizarse con equilibrio.
Toda potencia defiende sus intereses.
Eso no es novedad.
Lo preocupante es cuando la defensa de intereses propios se traduce en presión directa sobre autoridades de otro Estado soberano.
Chile no es un protectorado.
Es una república independiente.
¿Denuncia internacional?
Organización de las Naciones Unidas difícilmente intervendrá en una disputa diplomática de este tipo, salvo que existan violaciones formales al derecho internacional.
Pero Chile sí puede:
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Fortalecer alianzas regionales.
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Diversificar socios estratégicos.
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Transparentar completamente el proceso técnico.
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Defender públicamente su derecho a decidir.
La soberanía no se pide.
Se ejerce.
La verdadera pregunta
No se trata de elegir entre Washington o Beijing.
Se trata de algo más profundo:
¿Seguiremos reaccionando con temor cada vez que una potencia levanta la voz?
O, finalmente, ¿actuaremos como un país adulto en el escenario internacional?
La independencia política no puede coexistir con la dependencia tecnológica absoluta.
Chile no puede reemplazar una tutela por otra.
Pero tampoco puede aceptar que cada paso estratégico sea condicionado desde el extranjero.
Porque la historia nos enseñó algo doloroso:
Cuando otros deciden por nosotros, las consecuencias las pagamos nosotros.