Por Rodolfo Varela
La frase “Es importante mantener este proyecto junto, es toda una bomba de energía”, pronunciada por el diputado y presidente de la Cámara, Jorge Alessandri (UDI), no es casual ni inocente. Surge en medio del debate sobre un supuesto “plan de reconstrucción” para Chile, impulsado desde la derecha política.
Pero cabe preguntarse: ¿reconstrucción de qué… y después de quién?
Porque cuando la derecha habla de “reconstruir Chile”, instala implícitamente una narrativa: que el país fue “quebrado” por gobiernos de izquierda. Y ahí comienza el problema. No es solo una interpretación política; es una construcción discursiva que no resiste el peso de los datos ni de la memoria reciente.
La expresión “bomba de energía” intenta transmitir unidad, impulso y cohesión dentro de su sector. Sin embargo, también revela algo más profundo: la necesidad urgente de alinear un relato político que simplifica la historia y desplaza responsabilidades.
La memoria económica que incomoda
Afirmar que Chile fue “quebrado” por la centroizquierda tras el fin de la dictadura no se sostiene con evidencia empírica.
Los datos son claros:
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Crecimiento histórico en los años 90:
Durante los gobiernos de la Concertación (1990–2010), Chile creció a tasas superiores al 6% anual, el mayor ciclo de expansión en su historia reciente. -
Reducción drástica de la pobreza:
De niveles cercanos al 45% en 1990 a cifras de un solo dígito en décadas posteriores. -
Expansión del PIB per cápita:
Un aumento cercano al 167% en 30 años, posicionando a Chile como país de altos ingresos.
- Estabilidad institucional:
- Se consolidó un modelo de apertura económica, con autonomía del Banco Central y baja deuda pública.
Estos no son relatos ideológicos, son cifras respaldadas por organismos internacionales.
¿Y la derecha no gobernó?
Aquí aparece la gran omisión del discurso actual.
Chile también fue gobernado por la derecha, particularmente bajo los dos mandatos de Sebastián Piñera:
- 2010–2014: crecimiento promedio cercano al 5,4%
- 2018–2022: crecimiento más bajo (2,3%–2,7%), marcado por el estallido social y la pandemia
Durante su segundo gobierno, la economía cayó un 6% en 2020, seguida de un rebote excepcional de 11,7% en 2021.
Entonces, si hoy se habla de “reconstrucción”, es imposible excluir a esos gobiernos de la ecuación. La realidad es más compleja: no hay un solo responsable, ni un solo ciclo político al que culpar.
El verdadero problema: confianza y gestión
Donde sí hay una crítica legítima —y necesaria— es en la gestión política y ética.
Casos como Caval y otros escándalos de financiamiento irregular dañaron profundamente la confianza en las instituciones. A esto se suma la incapacidad de concretar reformas estructurales en áreas clave como pensiones, salud y educación.
Y aquí aparece una deuda aún más dolorosa:
el abandono persistente de las víctimas de la dictadura, muchas de las cuales siguen sobreviviendo con pensiones indignas, invisibles para el poder político.
El problema, entonces, no fue una “quiebra económica”, sino una fractura moral, política y social.
Autocríticas parciales, ciudadanía distante
La centroizquierda ha hecho autocríticas, pero de manera fragmentada:
- Se reconoce que se subestimó la desigualdad
- Se admite que no se avanzó lo suficiente en reformas estructurales
- Se acepta que el modelo profundizó el endeudamiento de las familias
Por su parte, las nuevas generaciones políticas que criticaron duramente esos “30 años” hoy enfrentan la complejidad real del Estado, evidenciando que gobernar es muy distinto a teorizar.
Sin embargo, el problema de fondo persiste:
estas autocríticas no se traducen en cambios concretos para la ciudadanía.
El relato versus la realidad
Hoy, el discurso de la “reconstrucción” parece más una estrategia política que un diagnóstico serio.
Porque reconstruir implica reconocer ruinas.
Y Chile no es un país en ruinas económicas.
Es un país con:
- instituciones relativamente sólidas
- pero con un Estado tensionado
- con menos margen fiscal
- y con una ciudadanía profundamente desconfiada
Reducir todo eso a una consigna es, en el mejor de los casos, simplista. En el peor, una manipulación.
Mi Reflexión final
El debate no debería centrarse en quién “quebró” Chile, sino en quién está dispuesto a asumir responsabilidades reales.
Porque mientras la política construye relatos,
el pueblo muchas veces los compra…
aunque no reflejen su propia realidad.
Y ahí está el mayor peligro: cuando la memoria se reemplaza por conveniencia.