Por Rodolfo Varela
En Chile, la democracia costó sangre, lágrimas, exilio y silencio obligado. No fue un regalo. Fue una conquista dolorosa de miles de hombres y mujeres que enfrentaron la brutalidad de una dictadura que dejó muertos, desaparecidos, torturados, familias destruidas y una herida que todavía no cicatriza.
Por eso resulta no solo indignante, sino profundamente ofensivo, que un diputado de la República como Javier Ignacio Olivares Avendaño, militante del Partido de la Gente (PDG), utilice su cargo para reivindicar públicamente la figura del dictador Augusto Pinochet y banalizar uno de los períodos más oscuros de nuestra historia.
No se trata de una simple opinión política. No se trata de libertad de expresión. Se trata de negacionismo, de apología a crímenes de lesa humanidad y de una peligrosa falta de respeto hacia las víctimas y sus familias.
Cuando Olivares declara en televisión que “a mí me gustó el gobierno militar, creo que se hicieron muy buenas cosas”, no está haciendo un análisis histórico serio; está insultando a miles de chilenos que fueron perseguidos, encarcelados, torturados y asesinados.
Cuando evita llamar dictadura al régimen militar y responde con frialdad que “usted le puede llamar dictadura, tiranía…”, demuestra no solo ignorancia política, sino una alarmante insensibilidad humana.
Yo no hablo desde los libros. Hablo desde la experiencia.
Fui detenido, perseguido, torturado. Sufrí el exilio forzado, la separación familiar, el miedo constante y la destrucción de una vida construida con esfuerzo. Como miles de chilenos, pagué el precio de pensar diferente.
Muchos no tuvieron siquiera esa oportunidad.
Padres que nunca volvieron.
Madres que murieron esperando justicia.
Hermanos desaparecidos.
Niños robados y vendidos ilegalmente al extranjero.
Familias enteras fracturadas para siempre.
Exonerados políticos condenados a la miseria.
Sobrevivientes que aún esperan reparación.
Y hoy aparece un parlamentario nacido en 1983, que no vivió el terror, disfrazándose con la capa gris prusiana de Pinochet, caminando por el Congreso como si la barbarie fuera una anécdota de museo.
Eso no es provocación política: es una ofensa moral.
Cuando la diputada Lorena Pizarro denuncia que Olivares grita “¡Viva mi general!” en los pasillos del Congreso, no estamos frente a una excentricidad parlamentaria; estamos frente a una humillación deliberada hacia quienes todavía buscan a sus desaparecidos.
Y cuando él responde con ironía diciendo que podría ir vestido de Barney si quisiera, confirma que no entiende nada. Ni de historia. Ni de dignidad. Ni de humanidad.
Más grave aún es cuando intenta separar las violaciones a los derechos humanos del modelo económico, diciendo que “eso es otra cosa”. No, diputado: no es otra cosa.
El sistema impuesto bajo la dictadura fue construido con represión, miedo y sangre. Fue el tiempo del desempleo, del saqueo institucionalizado, del nacimiento de las AFP como símbolo de abuso estructural y del silenciamiento de toda disidencia.
No hubo milagro. Hubo imposición.
Quienes hoy romantizan ese período suelen hacerlo desde la comodidad de no haberlo sufrido.
Por eso resulta aún más doloroso ver a sectores de la derecha negacionista defender estas conductas bajo el argumento de la libertad de expresión. La democracia no puede ser neutral frente a quienes justifican el terrorismo de Estado.
La Comisión de Ética de la Cámara debe actuar. No por venganza, sino por responsabilidad institucional. Porque permitir la normalización del pinochetismo en el Parlamento es abrir la puerta al desprecio por la memoria y la justicia.
La agresión física ocurrida en Olmué no puede justificarse. La violencia nunca debe ser el camino. Pero tampoco puede utilizarse como cortina de humo para esconder la gravedad política y moral de sus declaraciones.
Chile no necesita diputados disfrazados de dictadores.
Chile necesita memoria, verdad, justicia y dignidad.
Porque un país que olvida su historia está condenado a repetir su tragedia.
Y nosotros, los sobrevivientes, no vamos a guardar silencio.
Nunca más significa nunca más.