Por: Rodolfo Varela
La historia reciente de Chile parece atrapada en un ciclo de promesas rotas. Décadas de alternancia política entre la centro-izquierda, la izquierda y la derecha no han logrado resolver las demandas estructurales de la calle.Un Congreso sordo a la realidad
Educación sin movilidad: El acceso a una educación pública de calidad sigue siendo una promesa pendiente, perpetuando la brecha social en lugar de cerrarla.
Salud en lista de espera: Enfermarse en Chile continúa siendo un factor de empobrecimiento para las familias comunes, atrapadas entre deficiencias del sistema público y los altos costos del sector privado.
Vivir con miedo: La seguridad ciudadana ha pasado de ser una preocupación a una emergencia nacional. Las familias de los barrios más vulnerables son quienes pagan el costo más alto de la delincuencia.
La vejez castigada: El negocio de las AFP y pensiones de miseria
A esta profunda injusticia previsional se suma otra deuda histórica y moral: las pensiones asignadas a las víctimas y sobrevivientes de la dictadura militar. El Estado chileno ha entregado montos mínimos de reparación que resultan indignos frente al daño causado. Tanto la vejez del trabajador común como el reconocimiento a las víctimas comparten el mismo trágico destino: la desprotección económica y el olvido institucional.
Las sombras institucionales: Crimen organizado y corrupción
El escenario se complejiza aún más cuando el debate migra de la delincuencia común a las estructuras de poder. La percepción de impunidad debilita la confianza en la democracia.
Crisis de confianza: Casos de corrupción o irregularidades que tocan distintas esferas de la política, las fuerzas policiales y el sistema judicial profundizan la indignación pública. Cuando las instituciones fallan en fiscalizarse a sí mismas, el ciudadano común se siente desamparado.
¿Hasta cuándo? El voto como la única defensa
La pregunta que resuena en las ferias, el transporte público y las mesas de las familias chilenas es una sola: ¿Hasta cuándo? La respuesta no vendrá de los mismos sectores políticos que han fallado en cumplir sus programas.
La verdadera salida radica en la madurez y la memoria del electorado. El voto obligatorio no debe ser visto como un trámite, sino como una herramienta de castigo y exigencia.