Crisis de los medios, pérdida de identidad y cansancio ciudadano
Los chilenos están cansados. Cansados de ver, leer y escuchar siempre lo mismo. Cansados de ser tratados como masa, como ganado que puede ser llevado de un lado a otro sin pensamiento crítico ni memoria histórica.
Durante décadas hemos sido sometidos a un modelo político, económico y comunicacional heredado del neoliberalismo impuesto por la dictadura de Augusto Pinochet, un modelo que no solo precarizó derechos sociales, sino que también deformó profundamente nuestro sistema de medios.
Medios concentrados, pensamiento uniforme
La desconfianza del público hacia la televisión, la radio y la prensa escrita en Chile no es casual ni reciente. Responde a una combinación de factores políticos, estructurales, editoriales y culturales que se han agudizado con fuerza en la última década.
Uno de los problemas más graves es la alta concentración de la propiedad de los medios en pocas manos, muchas de ellas ligadas a grandes conglomerados económicos nacionales y extranjeros. Esta concentración limita el pluralismo informativo, debilita la cultura local y borra la idiosincrasia chilena.
En la prensa escrita, el dominio histórico de dos grandes grupos —El Mercurio y Copesa (La Tercera)— ha generado una percepción generalizada de monotonía ideológica, con portadas previsibles y líneas editoriales funcionales al poder económico y político.
En la televisión, la situación no es mejor. La mayoría de los canales pertenece a grandes grupos empresariales, muchos de ellos extranjeros, lo que despierta legítimas sospechas sobre conflictos de interés al cubrir temas que afectan a sus dueños o al gobierno de turno, considerando además que las concesiones dependen directamente del Estado.
Televisión centralista y desconectada del país real
Como hombre de las comunicaciones con más de medio siglo de trayectoria, puedo afirmar que la televisión abierta chilena es percibida como políticamente uniforme, excesivamente centralista y desconectada de las regiones. Santiago monopoliza el debate, mientras vastos sectores del país no se ven reflejados ni representados.
A esto se suma la crítica persistente a los matinales y programas radiales, acusados de priorizar el sensacionalismo, el espectáculo vacío y contenidos de pésima calidad. Programas que muchos chilenos llaman, sin eufemismos, “programas basura”. Se sobreexplotan la delincuencia y el miedo para subir el rating, mientras se descuidan contenidos culturales, educativos o realmente útiles para la ciudadanía que, paradójicamente, sostiene estos medios consumiendo los productos de sus auspiciadores.
Existe además una percepción clara de falta de autenticidad: conductores y conductoras más preocupados de su lucimiento personal que del rigor periodístico.
El estallido social: un punto de quiebre
El estallido social de 2019 marcó un antes y un después. Durante y después de las protestas, creció la sensación de que los medios tradicionales actuaban como voceros de la élite o mantenían un “silencio ruidoso” frente a demandas sociales legítimas. Esto tuvo consecuencias concretas: Chile cayó significativamente en los rankings internacionales de libertad de prensa, como los de Reporteros Sin Fronteras.
Crisis del modelo y precarización profesional
La crisis del modelo de negocio ha golpeado con fuerza. La caída de la inversión publicitaria, la pérdida de credibilidad y la precarización laboral han debilitado la investigación periodística profunda y la honestidad profesional.
En las radios, muchas emisoras regionales se han visto obligadas a vender sus frecuencias a grandes cadenas o grupos religiosos. La falta de financiamiento, creatividad y locutores profesionales ha convertido muchas radios en simples vitrolas sin contenido ni identidad.
En la prensa escrita, la dificultad para adaptarse al entorno digital ha provocado el cierre de revistas y la reducción de redacciones, afectando directamente la calidad informativa.
La dictadura del clic y del rating
La migración del público —especialmente joven— hacia redes sociales y plataformas digitales ha envejecido la audiencia de la televisión abierta. Frente a esto, los canales han optado por competir con tácticas de periodismo amarillista, exagerando hechos y banalizando contenidos para retener atención en un ecosistema saturado que la ciudadanía ya no tolera.
Se mezclan temas de alta relevancia pública con lo chabacano bajo el argumento de que “eso es lo que vende”. El resultado es devastador: desinterés por los asuntos públicos, especialmente entre los jóvenes, que perciben estos formatos como teatrales, poco fiables y vacíos.
El lenguaje: de rol educativo a empobrecimiento cultural
El abuso de muletillas, garabatos y modismos —“cachái”, “onda”, “po”, “pucha”— en contextos formales empobrece el vocabulario y afecta especialmente a los jóvenes en etapa de aprendizaje. La rapidez y la emoción se imponen sobre la precisión y la claridad.
No es casual que el español chileno sea considerado uno de los más difíciles del mundo hispanohablante: velocidad extrema, aspiración de la “s”, modismos únicos, voseo propio y el uso omnipresente del “huevón”, palabra indescifrable para cualquier extranjero.
Recuperar identidad, cultura y credibilidad
Aunque informes recientes del Centro de Estudios Públicos (CEP) muestran un leve repunte de confianza frente a la desinformación en redes sociales, los medios tradicionales chilenos aún enfrentan un desafío enorme: recuperar su credibilidad ante una ciudadanía crítica, cansada y polarizada.
Los chilenos no piden milagros. Piden respeto. Piden información honesta. Piden que les devuelvan su cultura, sus costumbres y su idiosincrasia. Porque Chile no es ganado. Y su gente ya no acepta ser tratada como tal.

