Por: Rodolfo Varela
Director de Radio y TV, con una carrera iniciada en Chile en 1967.
Para alguien que ha dedicado más de cinco décadas a la comunicación y a la publicidad en América Latina, comenzar el día viendo los actuales programas deportivos de radio y televisión en Brasil se ha convertido en un ejercicio doloroso. Inicié mi trayectoria profesional en Chile en 1967 y, desde que adopté a Brasil como mi hogar en 1976, he seguido de cerca las transformaciones técnicas, estéticas y éticas de los medios brasileños.
El primer gran síntoma de esta decadencia es la transformación de exjugadores en presentadores y comentaristas sin la más mínima preparación técnica o ética. Al mando de potentes micrófonos, figuras como el llamado "Craque Neto" utilizan el espacio público para ofender al telespectador, disparando términos peyorativos como "orelhudo" (orejón) y "zé ruela" (inepto). Aquellos que hoy se autotitulan referentes deberían mirar su propio pasado; basta una rápida búsqueda en internet para recordar el comportamiento controvertido, las polémicas y la postura lejos de ser ejemplar que este mismo presentador mantenía en su época de atleta profesional.
Esta falta de autoridad moral se repite con Walter Casagrande. El exjugador utiliza frecuentemente sus espacios en los medios para destilar ofensas e intentar deconstruir la imagen de Neymar, el único gran ídolo de la actual generación de niños en Brasil. Casagrande, cuya biografía pública está ampliamente marcada por serios problemas personales y abusos del pasado, carece de legitimidad para dictar reglas de comportamiento o actuar como juez de la moral ajena en la televisión.
Este fenómeno, sin embargo, no se limita a los exatletas. Periodistas veteranos han abandonado la imparcialidad para abrazar el papel de "activistas de la corrección política" (o lacradores, como se dice en Brasil). Juca Kfouri es el reflejo definitivo de esta transición. En sus columnas, Kfouri insiste en la narrativa de que Neymar no es una referencia y representa una mala influencia para la juventud. Al hacerlo, el periodista ignora deliberadamente el impacto social del Instituto Projeto Neymar Jr., que atiende directamente a más de 3 mil niños y ampara a unas 10 mil familias, además del historial de ayuda humanitaria internacional y el apoyo a causas en la Amazonía. El periodismo de Kfouri fue asfixiado por una militancia ideológica de izquierda que ciega el análisis de los hechos.
El problema es estructural. Cadenas como TV Globo y Band parecen haber abdicado de producir programas deportivos e informativos reales para priorizar agendas ideológicas y debates vacíos que solo buscan el conflicto y el compromiso digital (engagement).
Esta prensa omisa contempla de brazos cruzados —o aplaudiendo— el desmantelamiento de nuestro fútbol por parte de la Confederación Brasileña de Fútbol (CBF). Bajo una dirección deficiente y asfixiada por disputas de poder, la entidad intenta forzar una europeización artificial y fracasada, ahogando el ADN del fútbol-arte que consagró a grandes y competentes entrenadores brasileños. El resultado de esta desastrosa gestión fue la vergonzosa y apática participación en el Mundial de 2026. Vimos en la cancha a un grupo de jugadores sin motivación, sin orgullo y completamente desconectados del peso histórico de esta respetada camiseta pentacampeona. Mientras la Selección amargaba el papelón del 11º lugar general, la CBF se preocupaba únicamente por armar "circos" festivos de mercadotecnia y lanzar videos institucionales vacíos, sin realizar ninguna autocrítica sobre la ruina técnica de nuestro deporte.
Como hombre de comunicación que conoce el valor de la profesión más allá de las fronteras, no puedo callarme. El público brasileño y nuestra juventud merecen respeto, información técnica y la preservación de la historia de nuestros atletas, no un tribunal mediático movido por la vanidad y la militancia política.