Por Rodolfo Varela
La política exterior del presidente estadounidense Donald Trump vuelve a poner en cuestión un viejo dilema en América Latina:
¿somos países soberanos o territorios de influencia?
Bajo el lema de “America First”, su gobierno ha consolidado un enfoque abiertamente transaccional, donde los principios —como los derechos humanos o la autodeterminación de los pueblos— quedan subordinados a los intereses económicos y estratégicos de Washington.
No se trata de diplomacia.
Se trata de poder.
Presión, amenazas y soberanía condicionada
La administración Trump ha recurrido a herramientas clásicas de presión: aranceles, sanciones, restricciones migratorias y condicionamientos políticos.
Países como Brasil, Chile, Colombia, Cuba y Venezuela han estado bajo distintas formas de presión, en una lógica que recuerda peligrosamente a doctrinas del pasado.
Muchos analistas ya lo dicen sin rodeos: esto no es nuevo.
Es una reactivación de la Doctrina Monroe en pleno siglo XXI.
El regreso del “Gran Garrote”
El problema es que la historia ya demostró las consecuencias de ese camino: intervenciones, inestabilidad, crisis económicas y profundas fracturas sociales.
Latinoamérica ya ha sido escenario de esas políticas.
Y conoce bien sus efectos.
Cuba: el punto más crítico
La situación actual de Cuba refleja con crudeza esta tensión.
En medio de una grave crisis energética y económica, agravada por sanciones externas, Donald Trump declaró que tendría el “honor de tomar Cuba” y que Estados Unidos puede “hacer lo que quiera” con la isla.
No es una frase menor.
Es una declaración de poder.
Mientras tanto, el gobierno estadounidense presiona por cambios políticos en la isla, en un contexto de alta fragilidad interna.
La pregunta es inevitable:
¿se trata de ayudar a un pueblo… o de doblegar a un país?
Cuba-EE.UU.: ¿“Ya viene llegando”?
Consecuencias: más inestabilidad, no soluciones
La experiencia histórica es clara: las intervenciones externas rara vez traen estabilidad duradera.
Por el contrario, suelen generar debilitamiento institucional, crisis económicas prolongadas, exclusión política y mayor dependencia externa.
América Latina ya ha vivido ese ciclo.
Y lo ha pagado caro.
Un mundo que observa… en silencio
Lo más inquietante no es solo la postura de Estados Unidos.
Es el silencio del resto del mundo.
Mientras se habla de democracia y derechos humanos en los foros internacionales, en la práctica se toleran discursos y acciones que apuntan en sentido contrario.
Conclusión: una historia que se repite
Estamos ante una advertencia.
América Latina ya conoce ese camino.
Lo vivió en Chile, en Brasil, en Argentina, en Perú, en Bolivia…
lo vivió en casi todo su territorio.
Dictaduras, retroceso industrial, dependencia estructural y pérdida de soberanía.
No es teoría.
Es historia.
Por eso la pregunta no es ingenua:
¿hasta cuándo aceptaremos ser zona de ensayo de intereses ajenos?
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