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2026/03/25

Chile ante el espejo: cuando la ideología reemplaza al Estado

 

Por Rodolfo Varela

Chile vuelve a enfrentarse a una pregunta incómoda, pero necesaria: ¿estamos actuando como un Estado serio en política internacional o como un gobierno atrapado en su propia ideología?


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La reciente decisión del gobierno encabezado por José Antonio Kast de retirar el apoyo a la candidatura de Michelle Bachelet a un alto cargo en la Organización de las Naciones Unidas no es un simple gesto administrativo. Es una señal política profunda, que rompe con una tradición histórica de Chile: la continuidad del Estado más allá de los gobiernos de turno.


Porque aquí no está en juego una persona. Está en juego el prestigio internacional de un país.


Durante décadas, Chile construyó una política exterior basada en el multilateralismo, el respeto al derecho internacional y la proyección de figuras capaces de representar al país en los más altos escenarios globales. Esa política no era de izquierda ni de derecha. Era —simplemente— una política de Estado.


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Hoy, ese principio parece debilitarse.

Resulta aún más contradictorio cuando dos potencias regionales como Brasil y México han decidido respaldar la candidatura de Bachelet, transformándola en una propuesta no solo chilena, sino latinoamericana. En ese contexto, la ausencia de apoyo del propio Chile no solo sorprende: incomoda.


¿Desde cuándo un país se resta de sus propias cartas internacionales?

La respuesta parece evidente: desde que la política exterior comienza a leerse desde la ideología y no desde el interés nacional.


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Y es aquí donde surge la preocupación de fondo. Un presidente tiene el derecho —y la atribución— de definir el rumbo de su gobierno. Pero también tiene el deber de representar a todos los chilenos, incluso a aquellos con quienes no coincide políticamente. Ese es el corazón de una democracia madura.


Cuando ese equilibrio se rompe, el costo no es interno. Es internacional.

Este episodio revive debates que en Chile creíamos superados: la utilización del poder para marcar diferencias políticas incluso en ámbitos donde debería primar la unidad. Y eso, para quienes vivimos momentos en que la institucionalidad fue quebrada, no es un detalle menor.


Lo conversaba hace unos días con mi amigo y compañero de lucha, el periodista Miguel Ángel San Martín, hoy radicado en España desde el golpe militar de 1973. Ambos trabajábamos en Radio Corporación de Chile aquel 11 de septiembre. Sabemos, por experiencia propia, lo que ocurre cuando la política deja de ser un espacio de encuentro y se transforma en una herramienta de exclusión.

Por eso, más allá de simpatías o diferencias con Michelle Bachelet, lo que está en discusión es otra cosa: la capacidad de Chile de actuar como un país que entiende que su voz en el mundo no puede depender del color político del gobierno de turno.

Negarle apoyo a una candidata chilena de peso internacional no debilita a una persona. Debilita al país.

Y en tiempos donde el mundo enfrenta crisis profundas —conflictos, desigualdad, incertidumbre global—, Chile debería estar fortaleciendo su presencia en los espacios multilaterales, no reduciéndola.


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La política pasa. Los gobiernos cambian. Pero la imagen de un país, su credibilidad y su coherencia internacional, permanecen.

Hoy, Chile tiene la oportunidad de corregir el rumbo.

Porque cuando un país deja de pensar como Estado, comienza —peligrosamente— a actuar como facción.

Y esa es una historia que Chile ya conoce.

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