No es la primera vez. Y lamentablemente, tampoco será la última.
Cada vez que el mundo entra en crisis —sea una guerra, una recesión o un conflicto geopolítico— el discurso se repite como un libreto gastado: “son factores externos”, “es la herencia del gobierno anterior”, “estamos haciendo lo posible”.
Pero en la práctica, en la vida real, en la calle… la historia es otra.
La paga, siempre, el mismo.
El trabajador que se levanta a las cinco de la mañana.
El que depende de una locomoción que no funciona.
El que vuelve a su casa de noche, después de jornadas interminables.
El que ve cómo su sueldo se evapora antes de fin de mes.
Un proyecto que suena bien… pero no cambia nada
El gobierno chileno acaba de aprobar medidas para contener el alza de la parafina. En el papel, suena responsable:
- Aumento de 60 millones de dólares al Fondo de Estabilización del Petróleo.
- Ajustes para mantener el precio del kerosene en niveles previos al conflicto en Medio Oriente.
- Bonos de 100 mil pesos para transportistas.
- Créditos tributarios diferenciados.
Todo muy técnico. Todo muy ordenado.
Pero la pregunta es simple:
¿A quién le cambia realmente la vida esto?
Porque mientras se discuten fórmulas y fondos, en los hogares más vulnerables la parafina sigue siendo un lujo. Calefaccionarse en invierno no es una opción: es una necesidad.
Y esa necesidad no está siendo resuelta.
El engaño estructural
Aquí no estamos frente a una solución.
Estamos frente a una contención política.
Una medida que busca calmar el malestar, no resolver el problema.
Se estabiliza el precio… pero en niveles que ya son altos.
Se entregan bonos… pero focalizados en sectores específicos.
Se habla de responsabilidad fiscal… mientras el costo social sigue creciendo.
Y lo más grave:
se instala nuevamente el relato de que la culpa es del pasado.
Ese discurso ya no resiste análisis.
Gobiernos de izquierda, de derecha, de centro… todos han utilizado la misma excusa. Es el refugio perfecto para no asumir responsabilidades en el presente.
La crisis global como excusa local
Sí, el mundo está en crisis.
Sí, los conflictos internacionales impactan los precios.
Pero también es cierto que los gobiernos deciden cómo se distribuye ese impacto.
Y en Chile —como en gran parte de América Latina— la decisión parece ser siempre la misma:
traspasar el costo a la ciudadanía.
A las familias.
A los trabajadores.
A los que no tienen margen para absorber más golpes.
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