No se trata de ideología política.
Se trata de algo mucho más básico y urgente: las personas elegidas para gobernar Chile deben ser honestas y estar verdaderamente al servicio del país y de su gente.
Tras el retorno a la democracia, los gobiernos de izquierda y centroizquierda condujeron el país durante años bajo discursos grandilocuentes, cifras maquilladas y promesas que jamás llegaron a los barrios más pobres. Mientras hablaban de crecimiento, derechos y justicia social, las poblaciones siguieron sumidas en la miseria, sin seguridad, sin salud digna, sin educación de calidad, sin viviendas y con un mercado laboral precarizado.
Basta recorrer las poblaciones más humildes de Chile para constatar una verdad incómoda: no se hizo nada estructural para mejorar la vida de quienes más lo necesitaban. En cambio, se repitieron consignas vacías en nombre de la democracia, los derechos humanos y la llamada “deuda histórica” con las víctimas de la dictadura: detenidos desaparecidos, asesinados, presos políticos, exonerados, restos humanos aún sin identificar en el Instituto Médico Legal y niños y niñas traficados como mercancía.
Mientras tanto, la población se cansó.
Cansó de sueldos miserables, de pensiones indignas, muchas veces inferiores al 50% del salario mínimo, a las que aún se les descuenta el 7% de Fonasa, sin que alcance siquiera para comprar medicamentos. Cansó del robo institucionalizado de las AFP y de un sistema que protege al capital y abandona a las personas.
Por eso, esta nueva izquierda —que ya no representa a su pueblo— se está desmoronando en Chile y en gran parte de América Latina.
La derecha tampoco ofrece un ejemplo distinto. El gobierno de Sebastián Piñera gobernó para su élite y en beneficio propio, ignorando a la población más carente. Esa desconexión fue uno de los factores que detonó el estallido social de 2019. Hoy, Chile aún no despierta del todo: votó muchas veces desde la rabia, la venganza y el hastío, no desde la esperanza.
Lo digo con dolor y vergüenza ajena: como hombre de izquierda, me avergüenza esta izquierda que habla de pobreza mientras come caviar, vive como millonaria y olvida los principios básicos de igualdad, educación, salud y democracia real.
Errores históricos y fracasos recientes
La historia reciente es clara:
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Corrupción y malas prácticas, como el caso Caval durante el segundo gobierno de Michelle Bachelet, que evidenció tráfico de influencias, nepotismo y una ética política profundamente dañada.
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Divisiones internas crónicas en la izquierda chilena, desde el siglo pasado hasta hoy, que debilitaron su capacidad de acción y su vínculo con el pueblo.
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Incomprensión del estallido social del 18-O, especialmente por parte de la nueva izquierda y del gobierno de Gabriel Boric, que no supieron leer ni canalizar el descontento ciudadano
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El fracaso del proceso constitucional, con la derrota del Apruebo en 2022, dejó en evidencia una desconexión profunda con los sectores populares y una estrategia política errática.
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Vínculo con el establishment, pese al discurso anti-élite, lo que terminó diluyendo cualquier credibilidad transformadora.
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Gestión económica percibida como débil, con reformas prometidas que no se concretaron, generando incertidumbre y frustración social.
No es casualidad que el norte de Chile, poseedor de enormes riquezas minerales como el cobre y el litio, concentre bolsones de pobreza extrema. Esto responde a la concentración obscena de la riqueza, la mala distribución de ingresos y el abandono del desarrollo local.
Desde la nueva izquierda se culpa al modelo neoliberal —y con razón—, pero nunca hicieron lo necesario para cambiarlo de verdad. Hablaron de mayor presencia del Estado, de estrategias como la del litio o de reformas tributarias redistributivas, pero todo quedó a medio camino, atrapado entre la incompetencia, el miedo y los intereses cruzados.
El problema de fondo
El origen de todo es uno solo: se eligieron personas incompetentes y corruptas para gobernar.
Se llenaron cargos públicos con militantes “leales” al partido, no con personas capacitadas. El criterio fue ideológico, no técnico ni ético. El resultado está a la vista.
La necesidad de políticos honestos trasciende cualquier ideología. La honestidad es la base de la confianza pública, de la legitimidad democrática y de una gobernanza eficaz. Sin integridad, no hay reforma posible ni justicia social real.
Por eso, la imagen de políticos latinoamericanos de izquierda viviendo en el lujo mientras sus pueblos sobreviven en la pobreza genera indignación. Esa contradicción destruye cualquier discurso de igualdad y justicia, y alimenta la desafección, el cinismo y el avance de los extremos.
Chile no necesita salvadores ideológicos.
Necesita personas decentes, preparadas y comprometidas con la dignidad humana.