Por Rodolfo Varela
La reciente firma de una Declaración Conjunta entre el gobierno del presidente José Antonio Kast y los Estados Unidos sobre minerales críticos y tierras raras ha reabierto un debate profundo en Chile.
La pregunta es inevitable:
¿Estamos construyendo desarrollo o estamos repitiendo la historia?
El acuerdo fue suscrito tras una reunión en el Palacio de La Moneda entre el presidente Kast y el subsecretario de Estado de Estados Unidos, Christopher Landau, acompañado por el embajador estadounidense en Chile.
El documento, firmado por el canciller Francisco Pérez Mackenna, establece consultas bilaterales para fortalecer la cooperación en el suministro, exploración y procesamiento de minerales estratégicos como el litio, el cobre y las tierras raras.
Estos recursos son fundamentales para la producción de tecnologías avanzadas y para las nuevas cadenas industriales del siglo XXI.
Sin embargo, para quienes conocemos la historia minera de Chile, este tipo de acuerdos despierta inevitablemente recuerdos del pasado.
Durante gran parte del siglo XX, las principales minas de cobre del país —como Chuquicamata y El Teniente— estuvieron bajo control de grandes compañías estadounidenses, especialmente Anaconda Copper y Kennecott.
En ese período, cerca del 85% de la producción del cobre chileno estaba en manos extranjeras.
Las ganancias eran enormes, pero el control económico, tecnológico y estratégico estaba fuera de Chile.
El país exportaba el mineral.
Otros países desarrollaban la tecnología.
Muchos economistas definieron ese sistema como un “enclave minero”, donde el valor agregado se generaba fuera del territorio nacional.
Pero la dependencia no era solo económica.
También era social.
En varias zonas mineras existieron verdaderas “company towns”, ciudades organizadas y controladas por las empresas extranjeras.
En ellas se establecía una clara división.
Por un lado estaba el llamado “American Camp”, donde vivían los ingenieros y ejecutivos estadounidenses, con casas amplias, jardines, clubes privados y escuelas con currículos extranjeros.
Por otro lado estaban los campamentos de los trabajadores chilenos, con viviendas mucho más modestas y condiciones muy diferentes.
Aunque el territorio era chileno, muchos trabajadores sentían que eran tratados como ciudadanos de segunda categoría dentro de su propio país.
No hablo de historia lejana.
Yo mismo fui testigo de esa realidad.
A comienzos de los años 70 trabajaba en el norte de Chile y fui director de Radio Diego de Almeyda, en una zona profundamente marcada por la actividad minera.
Allí escuché directamente las historias y experiencias de trabajadores que vivían esa desigualdad diariamente.
Esa realidad fue uno de los factores sociales que impulsaron la nacionalización del cobre en 1971, durante el gobierno del presidente Salvador Allende.
El 11 de julio de ese año fue declarado Día de la Dignidad Nacional.
No fue solo una decisión económica.
Fue una afirmación de soberanía.
Por primera vez, Chile asumía el control de su principal riqueza natural.
El cobre pasó a ser conocido como “el sueldo de Chile”.
Hoy el mundo vive una nueva competencia global por los recursos estratégicos.
El litio, las tierras raras y otros minerales son esenciales para baterías, inteligencia artificial, tecnología militar y transición energética.
En este contexto, Estados Unidos busca reducir su dependencia de China en estos recursos.
Chile vuelve a aparecer como un actor clave.
El gobierno del presidente Kast sostiene que la cooperación internacional permitirá atraer inversión, acelerar el desarrollo de la industria minera y fortalecer la posición estratégica del país.
La administración también ha señalado diferencias con la estrategia del gobierno anterior de Gabriel Boric, que proponía una mayor participación estatal en la industria del litio.
El nuevo enfoque apuesta por una mayor apertura al capital privado internacional.
El debate, sin embargo, no es ideológico.
Es estratégico.
Chile debe preguntarse si participará en la cadena global de valor o si continuará siendo principalmente un proveedor de materias primas.
Un dato revela la magnitud del desafío.
Chile sigue siendo un exportador principalmente de recursos naturales, con una participación muy limitada en la industria manufacturera.
En América Latina, el país representa una fracción menor del valor agregado manufacturero, muy por detrás de economías industriales como Brasil, México o Argentina.
A nivel mundial, la participación chilena en la manufactura industrial es aún más reducida, situándose por debajo del 0,1% del total global.
Esto demuestra que, a pesar de décadas de riqueza minera, el país aún no ha logrado transformar plenamente sus recursos naturales en una base sólida de desarrollo tecnológico e industrial.
Por eso la pregunta sigue vigente.
¿Estamos construyendo desarrollo o repitiendo la historia?
Porque la verdadera riqueza de un país no pertenece al gobierno de turno, sino a su pueblo.
Los recursos naturales son patrimonio de los chilenos y deben servir para construir desarrollo, conocimiento y oportunidades para las futuras generaciones.
La historia ya enseñó una lección importante.
Perder el control sobre nuestros recursos significa también perder parte de nuestra soberanía.
Chile no puede permitirse olvidar esa lección.
Rodolfo Varela
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