Las guerras nunca son lo que dicen ser.
Por Rodolfo Varela
Nunca se libran por la democracia, ni por la libertad, ni por los derechos humanos.
Las guerras —todas— se libran por poder.
La reciente ofensiva militar de Estados Unidos e Israel contra Irán vuelve a confirmar una verdad brutal que la historia se empeña en repetir:
quienes deciden la guerra no son quienes mueren en ella.
Mientras los misiles cruzan el cielo y las bombas caen con precisión quirúrgica sobre objetivos “estratégicos”, en tierra lo que queda no es estrategia: es destrucción, miedo y muerte. Y quienes pagan el precio no son los gobiernos, ni los generales, ni los accionistas de la industria militar.
Es el pueblo. Siempre el pueblo.
Porque la guerra moderna también es un negocio.
Un negocio multimillonario sostenido por corporaciones como Lockheed Martin, Raytheon o General Dynamics, que convierten cada conflicto en ganancias, cada bomba en dividendos, cada muerte en balance positivo.
En Washington, la guerra alimenta presupuestos, campañas políticas y poder geopolítico.
En el terreno, alimenta cementerios.
Pero sería un error —y una ingenuidad peligrosa— creer que aquí hay un lado “bueno”.
El régimen de Irán, hoy víctima de bombardeos, es también responsable de una represión sistemática contra su propio pueblo.
Mujeres asesinadas por protestar.
Activistas encarcelados.
Minorías perseguidas.
Un Estado que utiliza la violencia para sostenerse, del mismo modo que lo hacen sus agresores.
La tragedia es doble:
el mismo pueblo que sufre la opresión interna es el que ahora sufre la agresión externa.
Y entonces surge la gran mentira de siempre:
la guerra como “liberación”.
No.
No se bombardea a un país para liberar a su gente.
La historia de Estados Unidos en Irak, en Afganistán, en Libia —por nombrar solo algunos ejemplos— dejó una estela de destrucción, fragmentación social y millones de vidas rotas.
Nunca llegó la prometida democracia.
Nunca llegó la paz.
Lo que llegó fue el caos.
Hoy, el mismo discurso intenta justificarse nuevamente.
Pero los pueblos ya lo conocen.
La guerra no libera.
La guerra somete.
La guerra destruye.
Y, peor aún, fortalece a los mismos Estados que dicen combatir.
En Teherán, el ataque externo sirve para cerrar filas, silenciar la disidencia y justificar más represión.
En Washington, sirve para desviar la atención de las crisis internas, inflar el gasto militar y reforzar el control bajo el discurso del patriotismo.
Dos poderes enfrentados.
Un mismo resultado: más control, menos libertad.
En medio de ese choque, el pueblo queda atrapado.
Sin refugio.
Sin voz.
Sin elección.
Por eso, frente a esta nueva escalada, la posición ética no puede ser elegir un bando entre Estados.
Elegir entre misiles y fusiles no es una opción.
Es una trampa.
La verdadera postura —la única moralmente defendible— es estar del lado de las víctimas.
De las mujeres que resisten dentro de Irán.
De los civiles que hoy corren bajo las bombas.
De los pueblos que, una y otra vez, son convertidos en campo de batalla por intereses que no son los suyos.
Porque si algo nos ha enseñado la historia —y América Latina lo sabe demasiado bien— es que las grandes potencias no exportan libertad.
Exportan dominación.
Y lo hacen siempre con el mismo costo:
hambre, miseria y muerte.
No hay guerra justa cuando los que mueren no son los que la declaran.
No hay intervención humanitaria cuando las bombas caen sobre inocentes.
No hay honor en someter pueblos en nombre de intereses estratégicos.
Lo que hay es cobardía.
La cobardía de los poderosos que hacen la guerra desde lejos, mientras otros ponen el cuerpo.
Hoy, más que nunca, es necesario decirlo sin ambigüedades:
Ni con los misiles de Washington.
Ni con los fusiles de Teherán.
La guerra siempre es la misma muerte para el pueblo.
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