Por Rodolfo Varela
La Organización de las Naciones Unidas (ONU) se presenta ante el mundo como la gran garante de la paz, la justicia y los derechos humanos. Sin embargo, hay una verdad incómoda que casi nunca se dice con claridad: la ONU no se financia con dinero abstracto, ni con fondos mágicos, se financia con el dinero del contribuyente, con el salario del trabajador común, con los impuestos de quienes luchan cada día por sobrevivir.
El dinero no cae del cielo: sale del bolsillo del pueblo
Los 193 Estados miembros financian la ONU mediante cuotas obligatorias y contribuciones voluntarias.
Eso significa que cada hospital que falta, cada escuela que se cae a pedazos, cada jubilación miserable, convive con millones transferidos a una organización internacional que no rinde cuentas directas a quienes la pagan.
Para 2026, el presupuesto ordinario aprobado alcanza 3.450 millones de dólares.
Estados Unidos, China, Japón y Alemania concentran gran parte del aporte, pero América Latina también pone dinero, cerca del 8% del total.
Chile, por ejemplo, aporta entre 12,5 y 13 millones de dólares anuales, dinero público, dinero de todos.
¿La pregunta incómoda? ¿Dónde está el retorno ético de esa inversión?
Derechos humanos selectivos: víctimas invisibles, victimarios protegidos
Aquí aparece el punto más grave.
Nunca —o casi nunca— vemos emisarios de la ONU visitando a las víctimas de las pandillas,
a las familias destruidas por el narcotráfico,
a los niños reclutados por el crimen organizado,
a los ciudadanos aterrorizados por dictadores, violadores y torturadores que siguen en el poder.
En cambio, lo que sí vemos con frecuencia es:
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ONG financiadas con fondos internacionales
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Organismos de “derechos humanos”
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Abogados y voceros bien pagados
defendiendo a delincuentes, asesinos, terroristas, narcotraficantes, corruptos y dictadores, o a sus familiares.
Entonces la pregunta deja de ser retórica y pasa a ser política:
👉 ¿Por qué los victimarios parecen tener más derechos que las víctimas?
👉 ¿Por qué el dolor del ciudadano común no tiene portavoz internacional?
¿Falta de dinero… o falta de compasión?
La ONU habla de dignidad humana, pero guarda silencio cuando:
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Hay pueblos enteros sometidos por el crimen organizado
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Dictaduras que violan sistemáticamente los derechos humanos siguen sentadas en foros internacionales
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Millones pasan hambre mientras los recursos “se pierden en el camino”
¿Quién fiscaliza a las ONG?
¿Quién controla el uso real del dinero humanitario?
La sensación en la calle —y no es paranoia— es clara:
hay intermediarios que viven muy bien de la tragedia ajena.
El trabajador común paga… y es humillado
Aquí está el núcleo del enojo popular:
El mismo trabajador que paga impuestos
financia organismos que no lo defienden,
sostiene estructuras que no lo representan,
y termina siendo tratado como sospechoso, ignorante o irrelevante.
Mientras tanto:
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Gente muere de hambre en América Latina
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La ayuda llega tarde… o nunca
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Los discursos abundan, pero la acción concreta escasea
La ironía es brutal:
el pueblo financia su propia invisibilidad.
¿Para qué fue creada la ONU… y qué quedó de esa promesa?
La ONU nació en 1945 para evitar nuevas guerras y proteger la dignidad humana.
Hoy, ochenta años después, la pregunta es inevitable:
👉 ¿Sigue cumpliendo ese mandato o se ha convertido en una gran burocracia global, más preocupada de su supervivencia que de las víctimas reales?
La ONU debía armonizar los esfuerzos de las naciones para que la libertad, la justicia y la paz fueran irrenunciables.
Pero cuando esa armonía excluye al ciudadano común,
cuando la justicia no alcanza a los poderosos,
cuando la paz solo existe en los discursos,
entonces la legitimidad se rompe.
Conclusión: una crítica que ya no puede ignorarse
Esto no es un ataque ideológico.
Es un grito social.
Mientras los pueblos pagan,
mientras las víctimas callan porque nadie las escucha,
mientras los recursos se diluyen en estructuras opacas,
la pregunta seguirá creciendo en las calles, en las redes y en la conciencia colectiva:
¿A quién sirven realmente las organizaciones que decimos financiar en nombre de la humanidad?
Y esa, mi amigo, es una pregunta que la ONU ya no puede seguir esquivando.
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