Por Rodolfo Varela
Las críticas políticas son legítimas cuando son constructivas, fundamentadas y responsables. Lo que resulta inaceptable es la descalificación gratuita, basada en insultos, exageraciones o desconocimiento de la realidad ajena. Menos aún cuando proviene de un jefe de Estado.
El presidente de Colombia, Gustavo Petro, ha cruzado reiteradamente esa línea al referirse al presidente electo de Chile, José Antonio Kast, a quien ha calificado de “nazi”, “fascista” y “amenaza para la humanidad”, incluso después de que el Gobierno chileno presentara una nota de protesta formal por considerar sus declaraciones una intromisión indebida en asuntos internos.
Chile enfrenta hoy problemas graves y estructurales: corrupción extendida, precariedad en la salud pública, inseguridad, desigualdad social y una deuda histórica no resuelta con las víctimas de la dictadura. Estos problemas no nacieron ayer ni pueden atribuirse a una sola persona: son el resultado de décadas de gobiernos —principalmente de izquierda— que prometieron cambios profundos y no los cumplieron.
Desde esa realidad, resulta especialmente ofensivo que un mandatario extranjero, que no conoce en profundidad la historia política chilena ni el sufrimiento de su pueblo, se arrogue el derecho de deslegitimar una decisión soberana tomada democráticamente en las urnas.
Petro y la falta de autoridad moral
Antes de emitir juicios lapidarios sobre Chile, el presidente Petro debería mirarse al espejo. Su gobierno enfrenta graves cuestionamientos éticos, judiciales y políticos que han debilitado seriamente su credibilidad internacional.
El caso más grave es el de su hijo, Nicolás Petro, detenido en agosto de 2023, quien admitió ante la Fiscalía haber recibido dinero de personas vinculadas al narcotráfico, incluyendo a un exnarcotraficante conocido como “el Hombre Marlboro”. Parte de esos recursos, según su propia confesión, habrían sido utilizados de forma irregular en la campaña presidencial de Gustavo Petro en 2022, y otra parte destinada a su enriquecimiento personal.
A ello se suman crisis diplomáticas y tensiones con Estados Unidos. El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha sido especialmente crítico, acusando a Petro de no hacer lo suficiente para combatir el narcotráfico. Más allá de los estilos, estos hechos han dañado objetivamente la imagen internacional de Colombia.
En ese contexto, Petro carece de autoridad moral para dar lecciones de democracia o derechos humanos a otro país.
No soy kastista, pero respeto la democracia
No concuerdo con las ideas de José Antonio Kast. Las razones son muchas y conocidas. No espero grandes avances en materia de reparación a las víctimas de Pinochet bajo su gobierno. Sin embargo, desearle el fracaso a un presidente electo es desearle el fracaso al país.
Espero —y exijo como ciudadano— que Kast gobierne para todos los chilenos, sin odio ni revanchismo, y que tenga la grandeza política de contribuir a que Chile salga del estancamiento en que se encuentra.
Si logra avances reales en justicia, salud, seguridad y derechos humanos, será un buen gobierno, aunque no comparta su ideología.
Petro insiste y agrava el conflicto
Pese a la protesta diplomática de Chile, Petro volvió a calificar a Kast de “nazi” y “fascista”, afirmando que su triunfo representa “la muerte” para América Latina. Estas declaraciones no solo son irresponsables y ofensivas, sino que constituyen una grave falta de respeto a la decisión soberana del pueblo chileno.
El contraste con México
Muy distinta fue la postura de la presidenta de México, Claudia Sheinbaum, quien expresó críticas claras a la reivindicación de Augusto Pinochet, pero lo hizo con respeto institucional, reconociendo el carácter democrático de la elección chilena.
Esa es la diferencia entre crítica política responsable y provocación ideológica.
Conclusión
Necesita respeto, memoria, justicia y soluciones reales.
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