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2026/04/14

53 años de espera: cuando la justicia llega tarde, no es justicia

 Por Rodolfo Varela

Han pasado más de cinco décadas desde el golpe de Estado del Golpe de Estado en Chile de 1973, encabezado por Augusto Pinochet, y aún hoy seguimos hablando de “avances” judiciales como si fueran triunfos.


Pero no lo son.

Son recordatorios brutales de una verdad incómoda: la justicia en Chile ha sido lenta, indiferente y, muchas veces, cruel con las víctimas.
La reciente resolución de la ministra Marianela Cifuentes, que somete a proceso a un exmilitar por el secuestro calificado de Luis René Lobos Gutiérrez y Carlos Jerman Maldonado Torres, no puede ser celebrada sin dolor.




Carlos Jermán Maldonado Torres- Detenido Desaparecido 1973


Porque llega 53 años tarde.

¿Qué justicia puede reparar medio siglo de sufrimiento?

Desde el 21 de octubre de 1973, estas víctimas permanecen desaparecidas.
Sus familias han vivido más de cinco décadas de incertidumbre, angustia y abandono.

No hubo respuestas.
No hubo verdad.
No hubo justicia.

Y ahora, cuando finalmente el aparato judicial reacciona, lo hace con una lentitud que roza lo inhumano.


Porque la verdadera pregunta es inevitable:


¿de qué sirve una condena cuando la vida ya fue arrebatada y el tiempo lo ha destruido todo?

El Estado que llega tarde… y paga mal

En Chile, la llamada “reparación” a las víctimas de la dictadura ha sido, en muchos casos, una humillación institucionalizada.


La gran deuda social de Chile


Pensiones miserables.


Montos que no alcanzan para vivir con dignidad.
Descuentos injustos a través de FONASA.
Trámites interminables.
Burocracia que desgasta, revictimiza y degrada.

Las víctimas y sus familias no son tratadas como sujetos de derecho, sino como si estuvieran pidiendo un favor.

Y eso es inaceptable.

La violencia que no terminó en 1973


Porque no nos engañemos:
la violencia no terminó con los secuestros, ni con las ejecuciones, ni con las desapariciones.

La violencia continúa cada vez que:

  • se retrasa un proceso judicial
  • se niega una reparación digna
  • se obliga a una madre, a un hijo o a un sobreviviente a mendigar lo que le corresponde

Eso también es violencia.
Una violencia más silenciosa, pero igual de brutal.

Una deuda que el Estado chileno no ha querido saldar

Han pasado más de 50 años y el Estado chileno sigue en deuda.

No basta con procesar a un responsable cuando muchos ya han muerto en la impunidad.
No basta con pensiones simbólicas que condenan a la pobreza a quienes ya lo perdieron todo.
No basta con discursos de memoria si no hay justicia real.

Chile no puede seguir construyendo su presente sobre la base del olvido, la negligencia y la indiferencia.

Memoria, dignidad y justicia real

La resolución de la ministra Cifuentes debe ser un punto de inflexión, no un cierre.

Porque aquí no se trata solo de un caso.
Se trata de miles.


Chile necesita justicia (la justicia que tarda no es justicia).

Se trata de un país que aún no ha sido capaz de mirar de frente su historia.

Se trata de familias que envejecieron esperando justicia… y muchas murieron sin verla.

La justicia que llega tarde no es justicia.
Es apenas un gesto tardío que no repara, no consuela y no devuelve lo perdido.

Y mientras el Estado siga respondiendo con migajas, burocracia y desprecio, la herida seguirá abierta.

Porque la memoria no se negocia.
La dignidad no se mendiga.
Y la justicia… no puede seguir esperando.


2026/04/13

Chile : “Reconstrucción”: el relato político que borra responsabilidades

Por Rodolfo Varela

La frase “Es importante mantener este proyecto junto, es toda una bomba de energía”, pronunciada por el diputado y presidente de la Cámara, Jorge Alessandri (UDI), no es casual ni inocente. Surge en medio del debate sobre un supuesto “plan de reconstrucción” para Chile, impulsado desde la derecha política.


Presidente de la Cámara, Jorge Alessandri (UDI).


Pero cabe preguntarse: ¿reconstrucción de qué… y después de quién?

Porque cuando la derecha habla de “reconstruir Chile”, instala implícitamente una narrativa: que el país fue “quebrado” por gobiernos de izquierda. Y ahí comienza el problema. No es solo una interpretación política; es una construcción discursiva que no resiste el peso de los datos ni de la memoria reciente.


Pinochet, corrupción y crimen organizado


La expresión “bomba de energía” intenta transmitir unidad, impulso y cohesión dentro de su sector. Sin embargo, también revela algo más profundo: la necesidad urgente de alinear un relato político que simplifica la historia y desplaza responsabilidades.


La memoria económica que incomoda


Afirmar que Chile fue “quebrado” por la centroizquierda tras el fin de la dictadura no se sostiene con evidencia empírica.

Los datos son claros:

  • Crecimiento histórico en los años 90:
    Durante los gobiernos de la Concertación (1990–2010), Chile creció a tasas superiores al 6% anual, el mayor ciclo de expansión en su historia reciente.
  • Reducción drástica de la pobreza:
    De niveles cercanos al 45% en 1990 a cifras de un solo dígito en décadas posteriores.
  • Expansión del PIB per cápita:
    Un aumento cercano al 167% en 30 años, posicionando a Chile como país de altos ingresos.
  • Estabilidad institucional:

  • Se consolidó un modelo de apertura económica, con autonomía del Banco Central y baja deuda pública.

Estos no son relatos ideológicos, son cifras respaldadas por organismos internacionales.

¿Y la derecha no gobernó?

Aquí aparece la gran omisión del discurso actual.

Chile también fue gobernado por la derecha, particularmente bajo los dos mandatos de Sebastián Piñera:

  • 2010–2014: crecimiento promedio cercano al 5,4%
  • 2018–2022: crecimiento más bajo (2,3%–2,7%), marcado por el estallido social y la pandemia

Corrupción en venta de Dominga durante primer mandato de Piñera


Durante su segundo gobierno, la economía cayó un 6% en 2020, seguida de un rebote excepcional de 11,7% en 2021.

Entonces, si hoy se habla de “reconstrucción”, es imposible excluir a esos gobiernos de la ecuación. La realidad es más compleja: no hay un solo responsable, ni un solo ciclo político al que culpar.

El verdadero problema: confianza y gestión

Donde sí hay una crítica legítima —y necesaria— es en la gestión política y ética.

Casos como Caval y otros escándalos de financiamiento irregular dañaron profundamente la confianza en las instituciones. A esto se suma la incapacidad de concretar reformas estructurales en áreas clave como pensiones, salud y educación.

Y aquí aparece una deuda aún más dolorosa:
el abandono persistente de las víctimas de la dictadura, muchas de las cuales siguen sobreviviendo con pensiones indignas, invisibles para el poder político.

El problema, entonces, no fue una “quiebra económica”, sino una fractura moral, política y social.


Presidentes de Izquierda de Chile


Autocríticas parciales, ciudadanía distante

La centroizquierda ha hecho autocríticas, pero de manera fragmentada:

  • Se reconoce que se subestimó la desigualdad
  • Se admite que no se avanzó lo suficiente en reformas estructurales
  • Se acepta que el modelo profundizó el endeudamiento de las familias

Por su parte, las nuevas generaciones políticas que criticaron duramente esos “30 años” hoy enfrentan la complejidad real del Estado, evidenciando que gobernar es muy distinto a teorizar.

Sin embargo, el problema de fondo persiste:
estas autocríticas no se traducen en cambios concretos para la ciudadanía.

El relato versus la realidad

Hoy, el discurso de la “reconstrucción” parece más una estrategia política que un diagnóstico serio.

Porque reconstruir implica reconocer ruinas.
Y Chile no es un país en ruinas económicas.


Presidente do Chile, Boric admite erros no mandato


Es un país con:

  • instituciones relativamente sólidas
  • pero con un Estado tensionado
  • con menos margen fiscal
  • y con una ciudadanía profundamente desconfiada

Reducir todo eso a una consigna es, en el mejor de los casos, simplista. En el peor, una manipulación.

Mi Reflexión final

El debate no debería centrarse en quién “quebró” Chile, sino en quién está dispuesto a asumir responsabilidades reales.

Porque mientras la política construye relatos,
el pueblo muchas veces los compra…
aunque no reflejen su propia realidad.

Y ahí está el mayor peligro: cuando la memoria se reemplaza por conveniencia.