Han pasado más de cinco décadas desde el golpe de Estado del Golpe de Estado en Chile de 1973, encabezado por Augusto Pinochet, y aún hoy seguimos hablando de “avances” judiciales como si fueran triunfos.
Son recordatorios brutales de una verdad incómoda: la justicia en Chile ha sido lenta, indiferente y, muchas veces, cruel con las víctimas.
Porque llega 53 años tarde.
¿Qué justicia puede reparar medio siglo de sufrimiento?
Desde el 21 de octubre de 1973, estas víctimas permanecen desaparecidas.
Sus familias han vivido más de cinco décadas de incertidumbre, angustia y abandono.
No hubo respuestas.
No hubo verdad.
No hubo justicia.
Y ahora, cuando finalmente el aparato judicial reacciona, lo hace con una lentitud que roza lo inhumano.
Porque la verdadera pregunta es inevitable:
¿de qué sirve una condena cuando la vida ya fue arrebatada y el tiempo lo ha destruido todo?
El Estado que llega tarde… y paga mal
En Chile, la llamada “reparación” a las víctimas de la dictadura ha sido, en muchos casos, una humillación institucionalizada.
Pensiones miserables.
Montos que no alcanzan para vivir con dignidad.
Descuentos injustos a través de FONASA.
Trámites interminables.
Burocracia que desgasta, revictimiza y degrada.
Las víctimas y sus familias no son tratadas como sujetos de derecho, sino como si estuvieran pidiendo un favor.
Y eso es inaceptable.
La violencia que no terminó en 1973
Porque no nos engañemos:
la violencia no terminó con los secuestros, ni con las ejecuciones, ni con las desapariciones.
La violencia continúa cada vez que:
- se retrasa un proceso judicial
- se niega una reparación digna
- se obliga a una madre, a un hijo o a un sobreviviente a mendigar lo que le corresponde
Eso también es violencia.
Una violencia más silenciosa, pero igual de brutal.
Una deuda que el Estado chileno no ha querido saldar
Han pasado más de 50 años y el Estado chileno sigue en deuda.
No basta con procesar a un responsable cuando muchos ya han muerto en la impunidad.
No basta con pensiones simbólicas que condenan a la pobreza a quienes ya lo perdieron todo.
No basta con discursos de memoria si no hay justicia real.
Chile no puede seguir construyendo su presente sobre la base del olvido, la negligencia y la indiferencia.
Memoria, dignidad y justicia real
La resolución de la ministra Cifuentes debe ser un punto de inflexión, no un cierre.
Porque aquí no se trata solo de un caso.
Se trata de miles.
Se trata de un país que aún no ha sido capaz de mirar de frente su historia.
Se trata de familias que envejecieron esperando justicia… y muchas murieron sin verla.
La justicia que llega tarde no es justicia.
Es apenas un gesto tardío que no repara, no consuela y no devuelve lo perdido.
Y mientras el Estado siga respondiendo con migajas, burocracia y desprecio, la herida seguirá abierta.
Porque la memoria no se negocia.
La dignidad no se mendiga.
Y la justicia… no puede seguir esperando.