Por Rodolfo Varela

La aprobación del presidente José Antonio Kast cayó al 25%, según la última encuesta
Quienes miran la política por encima pueden creer que la caída de Kast es un simple bache o un desgaste rápido. Pero los analistas agudos y los periodistas de verdad, aquellos comprometidos históricamente con la justicia y la democracia, entienden perfectamente el escenario. Como bien sostiene mi compañero Miguel Ángel San Martín —un periodista cuya consecuencia y valentía vi de cerca resistiendo en Radio Corporación durante el golpe de 1973—, aquí no hay sorpresas, sino un desenlace lógico. El sistema político completo debe entender que el triunfo de Kast no fue un cheque en blanco a su ideología, sino el "voto castigo" de un pueblo trabajador agotado del abuso.
Es imperativo hacer una autocrítica profunda desde el progresismo. Durante décadas posteriores a la dictadura, la mayoría de las administraciones en Chile fueron de izquierda y centroizquierda. No obstante, una parte de esa izquierda se mimetizó con las élites, se tornó complaciente y, en los peores casos, corrupta. Se instaló una casta política que comenzó a servirse del poder para el beneficio propio y familiar, transformando las legítimas demandas sociales en meras consignas para capturar votos. Mientras las Administradas de Fondos de Pensiones (AFP) continuaban licuando los ahorros de los trabajadores, la educación y la justicia se politizaban y la salud pública entraba en una fase precaria, los discursos oficiales se desconectaban de la realidad cotidiana.

Las AFP nos siguen robando. PH presente en denuncia de NO+AFP
La realidad es cruda: nadie puede vivir con dignidad con un salario mínimo de $553.553 pesos cuando el arriendo de una vivienda decente supera con creces esa cifra. Mientras el ciudadano común arriesga la vida en eternas listas de espera de los hospitales públicos, las élites políticas disfrutan de las rentas del dinero estatal. Ante este escenario de promesas incumplidas y empobrecimiento sistemático, el electorado utilizó las urnas no como un respaldo a la derecha, sino como un mecanismo de sanción contra quienes debiendo proteger al pueblo, lo abandonaron.
Por su parte, la derecha chilena ejecuta con precisión el libreto que mejor conoce: administrar limosnas para contener el descontento de sus bases mientras legisla y gobierna para el gran empresariado. Su estrategia histórica ha sido el loteo y la entrega de las riquezas naturales del país —que legítimamente deberían pertenecer al usufructo y bienestar de todos los chilenos— al mejor postor corporativo. Bajo la promesa de orden y crecimiento, lo que realmente se esconde es el resguardo de los intereses económicos de unos pocos.

Así es la vida real en Chile: un sueldo de 553.553 pesos y lo que queda a fin de mes
Este fenómeno no es exclusivo de Chile; es el reflejo del drama latinoamericano. Somos una región inmensamente rica en minerales, bosques y tierras fértiles, pero paradójicamente sumida en la pobreza y la desigualdad. Esta vulnerabilidad nos convierte en el tablero de ajedrez de las potencias globales. Por un lado, Estados Unidos mantiene su mirada injerencista bajo el pretexto de una "ayuda" que históricamente ha vulnerado nuestra soberanía. Por el otro, China emerge con rapidez ofreciendo un salvavidas económico cuyo costo real a largo plazo suele pagarse con la subordinación de nuestros recursos. Ninguna de estas intervenciones se traduce en un alivio real para las poblaciones que sufren miseria y hambre.

América Latina forma parte de la disputa geopolítica entre EE. UU. y China.
La debacle estadística del gobierno de Kast demuestra que la ciudadanía está despertando. El electorado empieza a distinguir entre el "político profesional" y el servidor honesto. La verdadera izquierda —aquella que se distancia de la corrupción elitista y la demagogia— debe reconstruirse con urgencia.
El desafío actual de América Latina es rescatar una política decente, centrada estrictamente en proveer salud digna, trabajo justo, acceso tecnológico, educación de calidad y una democracia auténtica. Solo recuperando el sentido ético del servicio público se podrá superar este ciclo de decepciones y construir un futuro donde la riqueza de la tierra pertenezca, finalmente, a quienes la trabajan.