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2026/09/28

La «Democracia» como negocio: el tablero imperialista en América Latina y el mundo

Por: Rodolfo Varela
Blog de Rodolfo Varela — Directo al Punto

Cuando la defensa de la libertad se convierte en una herramienta de poder


Para Rubio, América Latina es el patio trasero de EE. UU.


La historia reciente de América Latina y la geopolítica mundial nos obligan a formular una pregunta incómoda, pero absolutamente necesaria: ¿qué busca realmente Estados Unidos cuando interviene, presiona o condiciona la soberanía de otras naciones bajo la bandera de la libertad y la democracia?

La respuesta no puede encontrarse únicamente en los discursos oficiales. Debemos examinar también los antecedentes históricos, los intereses económicos, las decisiones estratégicas y, fundamentalmente, las consecuencias que estas políticas han tenido sobre los pueblos.

Durante décadas, Estados Unidos ha presentado su política exterior como una defensa de la democracia, los derechos humanos y la estabilidad internacional. Sin embargo, su historial en América Latina demuestra que esos principios no siempre han sido aplicados de manera coherente.

Cuando los intereses estratégicos, económicos o militares entran en conflicto con los principios democráticos, surge una contradicción que merece ser denunciada.


Cuando Estados Unidos lleva la democracia a otros países


Porque la democracia no puede convertirse en una herramienta diplomática que se utiliza contra determinados gobiernos mientras se toleran gobiernos autoritarios cuando estos resultan convenientes para los intereses de una potencia.

La democracia no puede tener un precio, ni la soberanía de los pueblos puede depender de la conveniencia de Washington.


1. El doble rasero del discurso democrático

Para las grandes potencias, la democracia parece adquirir diferentes significados dependiendo de las circunstancias políticas y económicas.

Estados Unidos ha intervenido históricamente en los asuntos internos de América Latina, apoyando determinadas fuerzas políticas, ejerciendo presiones económicas y participando en estrategias de desestabilización.

Chile constituye uno de los ejemplos históricos más dolorosos.

Los documentos estadounidenses desclasificados sobre el período de Salvador Allende registran esfuerzos para desestabilizar económicamente a Chile y aislar diplomáticamente a su gobierno entre 1970 y 1973.


EE. UU. debe pedir disculpas por el golpe de Pinochet en Chile.



No se trata de una interpretación construida únicamente desde la memoria de quienes vivimos aquella época. Existen documentos oficiales que permiten reconstruir responsabilidades, decisiones y estrategias.

La pregunta continúa vigente: ¿cómo puede una potencia presentarse como defensora universal de la democracia cuando su propia historia registra actuaciones que contribuyeron a debilitar gobiernos democráticamente elegidos?

El problema no consiste en negar que existan gobiernos autoritarios ni en desconocer las violaciones de derechos humanos cometidas por distintos Estados.

El problema es la selectividad.

Los derechos humanos deben defenderse siempre, independientemente de quién gobierne, de su orientación ideológica o de sus relaciones comerciales con las grandes potencias.

De lo contrario, dejan de ser principios universales y se transforman en instrumentos de conveniencia política.

2. América Latina: entre la dependencia y la desilusión política


 Nuestra región continúa atrapada entre dos problemas que se alimentan mutuamente: la injerencia extranjera y la incapacidad de numerosos liderazgos nacionales para responder a las necesidades de sus pueblos.

No podemos responsabilizar exclusivamente a Estados Unidos de todos nuestros problemas. Sería una simplificación histórica y política.

También debemos reconocer la responsabilidad de nuestras propias élites.

Una parte de la izquierda latinoamericana, que llegó al poder prometiendo justicia social, igualdad y dignidad, terminó alejándose de sus bases populares. En distintos países, determinados gobiernos han sido cuestionados por c
corrupción, oncentración del poder, debilitamiento institucional y utilización de las estructuras del Estado para preservar intereses particulares.

Pero tampoco podemos ignorar a una derecha que, en determinadas circunstancias, ha utilizado esos fracasos para justificar políticas de subordinación económica y estratégica a intereses extranjeros.

Ambos fenómenos merecen cuestionamiento.

La izquierda no tiene un cheque en blanco por proclamarse defensora de los trabajadores, así como la derecha no puede presentarse automáticamente como defensora de la libertad por invocar la democracia.

La corrupción no tiene ideología. El abuso del poder tampoco.

Y cuando los intereses particulares se imponen sobre las necesidades colectivas, quienes terminan pagando las consecuencias son los ciudadanos.


Corrupción en América Latina y el Caribe


América Latina necesita superar esa falsa disyuntiva entre una izquierda que ha perdido credibilidad y una derecha que, en determinadas experiencias, ha confundido cooperación internacional con subordinación.

Nuestros pueblos necesitan gobiernos que respondan a sus ciudadanos, no a las instrucciones de las élites económicas, políticas o extranjeras.

3. La Operación Cóndor: una memoria que América Latina no puede olvidar


Para quienes vivimos las consecuencias de las dictaduras militares latinoamericanas, hablar de seguridad regional no es un asunto menor.

La Operación Cóndor representa una de las páginas más oscuras de nuestra historia contemporánea.

Durante las décadas de 1970 y 1980, los aparatos represivos de distintas dictaduras del Cono Sur coordinaron actividades de inteligencia, persecución y operaciones clandestinas contra opositores políticos, incluso fuera de sus fronteras nacionales.

Documentos desclasificados estadounidenses registran la existencia de esa coordinación y las discusiones sobre operaciones de asesinato en el extranjero.

Chile, Argentina, Uruguay, Paraguay, Bolivia y Brasil estuvieron vinculados a diferentes etapas de esa estructura represiva.


Operación Cóndor: historia de la persecución contra la izquierda en América Latina



La persecución política dejó miles de víctimas: detenidos desaparecidos, ejecutados, torturados, exiliados y familias destruidas.

No podemos olvidar que aquella maquinaria no funcionó únicamente mediante armas y uniformes. También necesitó complicidades civiles, estructuras de inteligencia, colaboración internacional y una doctrina que convirtió al adversario político en enemigo de la nación.

Como chileno y víctima de la dictadura, considero que nuestra memoria histórica debe servir para impedir que cualquier proyecto político o militar vuelva a poner en peligro las libertades fundamentales.

El Escudo de las Américas: seguridad regional y soberanía

La creación del denominado Escudo de las Américas, impulsado por Donald Trump en marzo de 2026, merece un análisis cuidadoso.

Su objetivo oficialmente presentado es combatir los carteles y fortalecer la cooperación de seguridad regional. Sin embargo, también aparece asociado a la intención estadounidense de limitar la influencia de potencias extrarregionales, particularmente China y Rusia.

Aquí surge una preocupación que no podemos ignorar.

Combatir el narcotráfico y el crimen organizado es una responsabilidad legítima de los Estados. Pero ninguna política de seguridad puede situarse por encima de la soberanía nacional, los derechos humanos y los controles democráticos.

La historia nos enseñó que las doctrinas de seguridad nacional pueden convertirse en instrumentos de persecución cuando se confunde al delincuente con el opositor político y se transforma la discrepancia ideológica en una amenaza para el Estado.

No estoy afirmando que el Escudo de las Américas sea una nueva Operación Cóndor. Establecer esa equivalencia sin pruebas sería históricamente irresponsable.

Lo que sostengo es que América Latina tiene el deber de exigir garantías antes de entregar atribuciones militares, información estratégica o capacidad operativa a estructuras de seguridad internacional.


No podemos permitir que América Latina y el Caribe retrocedan a los tiempos oscuros de la Operación Cóndor


La seguridad de los pueblos no puede construirse sacrificando sus libertades.

Y mucho menos cuando la historia demuestra que los mecanismos de cooperación entre aparatos represivos pueden terminar convertidos en instrumentos de persecución política.

4. Los discursos en Naciones Unidas y la disputa por la hegemonía


La Asamblea General de Naciones Unidas continúa siendo uno de los escenarios donde se manifiestan las contradicciones del orden internacional.

Gobiernos como los de Cuba, Venezuela, Nicaragua, Irán y Rusia han utilizado históricamente ese espacio para denunciar lo que consideran políticas imperialistas estadounidenses.

Estados Unidos y sus aliados occidentales, por su parte, defienden sus actuaciones argumentando que buscan proteger la seguridad internacional, promover la democracia y responder a violaciones de derechos humanos.

Históricamente el gobierno de Cuba le ha llamado bloqueo a las sanciones económicas estadounidenses.


Pero una cosa es escuchar los discursos y otra muy distinta es examinar sus consecuencias.

Tampoco podemos aceptar automáticamente las denuncias de unos gobiernos ni las justificaciones de otros.

Un gobierno que denuncia el imperialismo estadounidense no queda exento de responder por sus propias violaciones de derechos humanos.

Y una potencia que invoca la democracia no queda exenta de responder por sus intervenciones y decisiones internacionales.

Los principios deben ser universales o dejan de ser principios.

La Carta de Naciones Unidas establece la igualdad soberana de los Estados y prohíbe, como principio general, la amenaza o utilización de la fuerza contra la integridad territorial o independencia política de otro Estado.

Por eso, la discusión sobre sanciones unilaterales, intervenciones y presiones económicas no puede reducirse a una disputa ideológica. También exige un análisis jurídico sobre sus fundamentos, alcances y consecuencias.

5. Los recursos estratégicos y el verdadero tablero geopolítico


El mundo atraviesa una disputa cada vez más compleja por el control económico, tecnológico, comercial y militar.

Petróleo, gas, cobre, litio, tierras raras y minerales críticos forman parte de una competencia internacional en la que Estados Unidos, China, Rusia y otras potencias buscan preservar o ampliar sus posiciones estratégicas.

América Latina posee recursos fundamentales para el desarrollo tecnológico y energético del futuro.

Sin embargo, nuestros países continúan enfrentando una contradicción: disponen de riquezas naturales, pero una parte importante de sus poblaciones sigue viviendo en condiciones de pobreza y desigualdad.


Pobreza en América Latina, la brecha entre pobres y ricos


La pregunta que debemos formular no es solamente quién controla esos recursos, sino quién se beneficia realmente de su explotación.

¿Los pueblos propietarios de esas riquezas o las grandes empresas y los intereses financieros que participan en su comercialización?

La soberanía económica no significa cerrar las puertas al comercio internacional ni rechazar las inversiones extranjeras.

Significa establecer relaciones de cooperación en condiciones de igualdad, con transparencia, beneficios compartidos y respeto por las decisiones democráticas de cada nación.

Lo mismo ocurre con las tensiones internacionales.

La competencia entre Estados Unidos y China, las disputas por las rutas comerciales estratégicas y los conflictos en Medio Oriente, incluido el estrecho de Ormuz, tienen consecuencias que trascienden las fronteras de los países directamente involucrados.

Europa, América Latina y el resto del mundo terminan enfrentando repercusiones económicas, energéticas y diplomáticas de decisiones adoptadas por grandes potencias.

Mientras tanto, las necesidades cotidianas de millones de personas continúan relegadas.



Guerra comercial entre Estados Unidos y China



La política internacional no puede reducirse a una competencia permanente por la hegemonía.

La paz, la cooperación y el desarrollo humano deberían ocupar el centro de las relaciones internacionales.

6. La responsabilidad de nuestras propias democracias


Sería un error histórico denunciar la injerencia extranjera y guardar silencio frente a la corrupción interna.

La soberanía también se pierde cuando los gobernantes utilizan las instituciones para proteger sus propios intereses.

Se pierde cuando la justicia deja de actuar con independencia.

Se pierde cuando la corrupción se convierte en una práctica tolerada.

Se pierde cuando los partidos políticos abandonan a sus electores y transforman sus organizaciones en instrumentos de conservación del poder.

Y se pierde cuando los ciudadanos dejan de creer que su participación democrática puede cambiar sus condiciones de vida.

Por eso, mi crítica no está dirigida exclusivamente a Estados Unidos, ni pretende justificar a gobiernos que se presentan como sus adversarios.

Mi cuestionamiento es mucho más amplio.

Rechazo cualquier forma de imperialismo, venga de donde venga.

Rechazo la subordinación de los pueblos a las grandes potencias, pero también la subordinación de los ciudadanos a sus propias élites políticas.

“Este sistema neoliberal nos trata como basura”



No existe verdadera soberanía cuando un país cambia de dependencia, pero no consigue recuperar el control democrático de su destino.

7. La verdadera independencia comienza con la dignidad de los pueblos


América Latina no necesita elegir entre Washington, Pekín, Moscú o cualquier otra capital para determinar su futuro.

Necesita construir una política exterior independiente, basada en la cooperación internacional, el respeto mutuo y la defensa de sus intereses nacionales.

Necesita gobiernos transparentes, instituciones independientes, justicia social y una ciudadanía capaz de fiscalizar permanentemente el ejercicio del poder.



Trump, "No voy a aprender su maldito idioma"


La independencia no consiste en cambiar de protector.

Consiste en dejar de necesitar protectores.

La historia de nuestros pueblos demuestra que la democracia no puede sostenerse únicamente mediante elecciones. Necesita justicia, libertad, igualdad ante la ley, respeto a los derechos humanos y una distribución más equitativa de las oportunidades.

Y sobre todo necesita memoria.

Porque quienes hemos vivido las consecuencias de las dictaduras sabemos que la libertad no es una concesión de los gobiernos ni una mercancía que pueda negociarse en los despachos del poder.

Es un derecho.

Conclusión: la democracia no puede ser el negocio de las potencias

La llamada democracia no puede convertirse en una fachada para justificar intereses económicos, estratégicos o militares.

Tampoco puede utilizarse como argumento para encubrir las responsabilidades de gobiernos que, mientras hablan de libertad, restringen derechos y concentran el poder.

Estados Unidos tiene derecho a defender sus intereses nacionales, como cualquier otro Estado. Pero ese derecho no le otorga autoridad para decidir unilateralmente el destino de otros pueblos.

Y América Latina tiene la obligación de defender su soberanía sin convertirla en una excusa para tolerar autoritarismos, corrupción o abusos internos.

La verdadera independencia exige dos luchas inseparables: contra la injerencia extranjera y contra quienes, desde dentro, utilizan el poder para beneficio propio.


No podemos continuar condenados a escoger entre quienes prometen liberarnos mientras nos someten y quienes prometen defendernos mientras negocian nuestra soberanía.

La salida no está en los extremos ni en las lealtades ciegas a determinados líderes o ideologías.

Está en una ciudadanía consciente, organizada, informada y dispuesta a exigir responsabilidades.


América Latina debe abordar la pobreza, la corrupción y la inseguridad



Porque ningún país puede llamarse verdaderamente libre cuando sus decisiones fundamentales dependen de intereses ajenos, ni ninguna democracia puede considerarse legítima cuando abandona a su propio pueblo.

La soberanía no se negocia. La democracia no se vende. Los derechos humanos no tienen ideología. Y la memoria de nuestros pueblos no debe someterse al silencio de ninguna potencia.

Por Rodolfo Varela

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